Las múltiples crisis que tiene que abordar la reunión de esta semana ponen en evidencia las carencias de la institución

La Asamblea General de las Naciones Unidas tiene previsto celebrar esta semana su gran cita anual con el debate del octogésimo periodo de sesiones, una convocatoria que se produce en medio de inquietantes síntomas de deriva del mundo hacia una cada vez más desacomplejada e impune ley de la selva. Ante esta degeneración, el principal foro de la sociedad de las naciones, de la aspiración al multilateralismo y a relaciones internacionales basadas en reglas e instituciones, se muestra ineficaz y cada vez más debilitado.

Múltiples crisis se sobrepondrán en el debate en Nueva York. En primer lugar, la salvaje actuación de Israel en Gaza. Este mismo lunes, está prevista una reunión previa al debate general que discutirá una iniciativa franco-saudí para tratar de reactivar la perspectiva de la solución de los dos Estados. La iniciativa es encomiable, pero desgraciadamente su potencial de impacto real es próximo a cero, por los motivos de siempre: la sinrazón de un sionismo israelí obcecado en su afán de colonización y limpieza étnica y el terco, inmoral respaldo de EE UU a ese emprendimiento. El nivel de degradación del respeto a la ONU es tal que la Casa Blanca ha negado el visado al presidente palestino, Mahmud Abbas. Tendrá que intervenir por videoconferencia.