A pesar de que todo fueron buenas palabras entre los líderes mundiales que asistieron a la Cuarta Conferencia sobre Financiación al Desarrollo de Sevilla, celebrada el pasado mes de julio, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) atraviesa la peor crisis financiera de sus 80 años de historia. Con Estados Unidos retirado y China reteniendo parte de sus pagos, al organismo no le salen las cuentas ni para mantener la ayuda humanitaria ni para seguir con la estructura actual. Mucho ha cambiado el mundo desde el 21 de agosto de 1950, cuando los 450 primeros empleados de la ONU esperaban en la Segunda Avenida de Manhattan a que abrieran las puertas de su icónica sede, la moderna torre diseñada por el brasileño Oscar Niemeyer y el suizo Le Corbusier, paradigmas del optimismo arquitectónico.

La ONU se fundó como el epicentro del multilateralismo. Era el hogar de la promesa de las naciones de trabajar por la paz, la seguridad y la cooperación internacional tras la devastadora Segunda Guerra Mundial. A pesar de las tensiones de la incipiente Guerra Fría, los países miembros concentraron sus esfuerzos en reforzar la ONU. Un año después, en 1951, ya eran 1.700 los empleados en el edificio construido sobre unos terrenos que donó el multimillonario John D. Rockefeller. Fue entonces cuando se terminaron las obras del complejo con la inauguración del imponente salón azul, amarillo y dorado de la Asamblea General, donde cada mes de septiembre se reúnen los líderes mundiales. “No podremos hacer milagros políticos, pero sí dar el mejor servicio al mundo”, declaró durante la inauguración el noruego Trygve Lie, primer secretario general de la ONU. Al abandonar el puesto, reconoció que se trataba del “trabajo más difícil” que cualquier cargo público pudiera asumir. La advertencia resuena ahora ante el reto al que se enfrenta el político portugués António Guterres: evitar la quiebra y la pérdida de relevancia de la organización.