La pérdida de olfato del socialismo es tan clamorosa que parece haber olvidado que Andalucía no quiere ser más que nadie, pero menos, tampoco

Si Andalucía fuera un país, sería una potencia media de la Unión Europea por superficie y población, con un peso comparable al de Portugal o Austria. Con su vasto territorio y sus 8,6 millones de habitantes, es una tierra de contrastes que ha vivido y vive en una inevitable dualidad: la oriental y la occidental, la del litoral y la del interior, la rural y la urbana, la mediterránea y la atlántica, la que sesea o cecea (o ninguna de las dos). Una tierra de desiertos, olivares, prósperos cultivos bajo plástico y una pujante industria aeronáutica y turística; que alberga la majestuosidad de la Alhambra o la Mezquita y 10 de los 15 barrios más pobres de España. Una tierra que busca con ahínco la modernidad sin dejar atrás su acervo cultural, que soslaya clases sociales o ideologías y en la que el laicismo y la religiosidad se entreveran sin conflicto. Pero, por encima de todo, es una tierra de luz.

Andalucía no se entiende sin el Guadalquivir, río que la atraviesa desde las sierras de Jaén hasta las marismas de Cádiz y que ejemplifica la influencia del agua en el asentamiento de civilizaciones, dando cobijo a ciudades milenarias como Sevilla y Córdoba. Tampoco sin dos infraestructuras que la vertebran: el AVE, que consiguió quebrar esa frontera natural que es Despeñaperros, cuyos desfiladeros habían alejado durante siglos a Andalucía de la meseta; y la A-92, una arteria de asfalto que surca la comunidad de este a oeste y que cosió sus ocho provincias.