El problema no está en ellas, sino en el ecosistema educativo, cultural y simbólico en el que crecen. Una metodología participativa, evaluaciones que no castiguen el error y una formación docente sensible a la perspectiva de género pueden amortiguar desigualdades

En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, celebrado cada 11 de febrero desde su proclamación por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2015 con el objetivo de lograr su acceso pleno y equitativo en la ciencia, reaparece la misma pregunta, formulada casi siempre con buena intención: ¿cómo conseguimos que a las niñas les gusten más las ciencias? El planteamiento parece inocente, pero encierra una trampa: parte de la idea de que existe un desinterés femenino de origen y que, por tanto, hay algo que activar en ellas. Pero cada vez más expertas coinciden en que el problema no está en ellas, en las pequeñas, sino en el ecosistema educativo, cultural y simbólico en el que crecen.

“A las niñas les interesan las ciencias de forma natural. El problema no es la falta de interés, sino el contexto educativo y cultural que, poco a poco, les va enviando el mensaje de que quizá no son las más indicadas para ese camino”, sostiene la farmacéutica Marta Masí. “No hay que convencerlas; hay que revisar el sistema y el entorno que filtra vocaciones”, agrega la también divulgadora con más de 250.000 seguidores en su Instagram. Una idea similar defiende Montserrat Fernández Guarino, dermatóloga especialista en dermatología general, dermatología avanzada, tratamiento del cáncer de piel no melanoma y fotobiología: “La pregunta ya está mal formulada. No se trata de hacer que les gusten las ciencias, como si fuera una cuestión de capricho. El problema es estructural, no emocional. Las niñas no tienen que cambiar; lo que tiene que cambiar es el entorno”.