La brecha de género no empieza en la universidad, sino mucho antes: en la escuela, en la escasez de referentes y en los mensajes que empujan a muchas niñas a descartarse antes de tiempo
Imagina despertar en un mundo sin wifi, sin vacunas, sin test de ADN o sin órbitas trazadas hacia la luna. Un mundo donde el código informático nunca nació porque Ada Lovelace jamás escribió la primera línea. Donde la estructura del ADN sigue siendo un enigma porque Rosalind Franklin nunca fotografió su doble hélice. Donde nadie calculó con precisión el viaje de los astronautas porque Katherine Johnson no rompió barreras en la NASA. Donde no existen pruebas PCR ni fecundación in vitro, porque Margarita Salas no desarrolló su polimerasa revolucionaria ni Anna Veiga ayudó a nacer al primer bebé probeta de España.
Sería una realidad más lenta, más enferma, más desigual. Sin la radiactividad de Marie Curie, sin las investigaciones sobre envejecimiento y cáncer de María Blasco, sin los avances en neurobiología de Mara Dierssen o sin las aplicaciones médicas de Piedad de la Cierva. Todo ello podría haber pasado si ellas no hubieran existido nunca. Por eso, cada vez que una niña duda si puede ser científica, la pregunta es otra: ¿podemos permitirnos una ciencia sin su mirada?









