El esquiador noruego, que se impuso en esquiatlón, se ha propuesto ser el primero que gana los seis títulos en disputa en el programa olímpico
La fisiología del ejercicio es una ciencia británica que alcanzó su máximo esplendor en la Escandinavia, en Estocolmo, en Copenhague, de mediados de siglo pasado, y Bengt Saltin, uno de sus santos, solía decir que todos sus estudios sobre la fatiga muscular o los tipos de músculo o el consumo de oxígeno no habrían sido posibles si no contara a su alrededor con los mejores portentos que el deporte puede construir, los esquiadores de fondo. De ahí llega Johannes Klaebo, el Cometa de Oslo, el noruego que ganó, como todo el mundo preveía, la primera prueba del programa olímpico, el llamado esquiatlón, 10 kilómetros en estilo clásico, siguiendo como trenes sobre los carriles los surcos en la nieve artificial, blanda y harinosa por las altas temperaturas, y, después de una transición a lo triatlón para cambiar de esquís, 25s, 10 kilómetros en estilo libre, como patinadores de lado a lado.
Si hubiera sido latino, Saltin, que también trabajó mucho para intentar explicarse por qué los kenianos son maratonianos natos, habría trabajado con ciclistas, que tampoco son mancos en sus dominios, pero en sus tierras, sobre todo en la vecina Noruega, el primer producto de exportación deportiva son los esquiadores de fondo, los fenómenos que enloquecen a su población y que se benefician, gracias a la inversión estatal, de todos los avances en tecnología, entrenamiento en hipoxia, escarceos en sus tiempos con las transfusiones o nutrición. Y luego saltan a la nieve y rinden.














