El acuerdo entre la UE e India supone diversificar los mercados europeos y reducir su dependencia de China

El acuerdo comercial entre la UE e India no es tanto un gesto de entusiasmo liberal como un acto de adaptación a un mundo crecientemente irritable. El comercio internacional atraviesa una fase de cólera contenida: aranceles, pugna tecnológica y una desconfianza estructural que ha sustituido a la cooperación como principio organizador del sistema económico global. India aparece en este contexto como un socio tan necesario como oportuno. Es la gran economía emergente que crece con más fuerza, con una población joven, una clase media en expansión y una clara voluntad de ocupar un lugar central en las cadenas de valor del siglo XXI. Para la UE, avanzar en un acuerdo con Nueva Delhi supone diversificar mercados, reducir dependencias excesivas —particularmente de China— y reforzar su presencia en Asia, hoy epicentro de la competencia económica y geopolítica.

El impulso real de estos acuerdos, sin embargo, no puede entenderse sin mirar a Estados Unidos. Desde 2018, y aún más marcadamente desde hace un año, la política comercial estadounidense ha introducido una dosis de confrontación que condiciona el sistema global. Los aranceles impuestos por Estados Unidos respondieron a una combinación de política industrial, presión negociadora y cálculo electoral, inaugurando una etapa en la que el comercio dejó de ser un terreno técnicamente neutral. El resultado ha sido el que la teoría económica pronostica: una desviación de comercio evidente. Flujos que antes gravitaban en torno a Estados Unidos buscan ahora destinos más previsibles y menos expuestos a decisiones unilaterales.