El autor de ‘¿Quién teme a Romanée-Conti?’ reflexiona sobre la falta de autoestima de los viticultores españoles en contraste con la originalidad de sus obras, y nombra sus cinco etiquetas favoritas
Un amigo británico me dijo recientemente que a los españoles les falta seguridad en sí mismos cuando hablan de vinos, una idea que me sorprendió porque no me encajaba en lo que sabía. No a la hora de elaborarlos, continuó —
e-abrigan-para-terminar-el-invierno.html" data-link-track-dtm="">llevan generaciones haciendo unos vinos estupendos—, sino porque no son conscientes de que, sin alharacas, han conseguido que sean magníficos. Quizá es cuestión de humildad. Pero, después de dos décadas buscando la excelencia en una copa, lo puedo decir sin rodeos: España es el país vinícola más apasionante del mundo. Sin la menor duda.
No siempre fue así. Durante muchos años, los viticultores españoles trabajaron a la sombra de los châteaux de Burdeos que promocionaba Robert Parker, casi avergonzados de las uvas autóctonas que parecían no tener la dignidad de la cabernet y la merlot. Muchos, para destacar, decidieron aumentar la extracción, el roble nuevo y el alcohol, confundiendo el ruido con la seriedad. Pero luego llegó una generación nueva, de mente abierta, muy viajada e inspirada por la elegancia que habían probado en lugares menos conocidos como Chambolle-Musigny y Chablis. Volvieron la mirada hacia dentro y redescubrieron viñedos y variedades españolas largamente olvidadas que esperaban con paciencia a que alguien volviera a entenderlas.








