En esta región de lagos y bosques del norte de Polonia, la vida transcurre sin sobresaltos. Un idilio de paz y serenidad. Un cuento de hadas. O, según se mire, de terror.
“No. En absoluto. No, no”, se ríe, cuando se le pregunta si siente miedo, Krystyna Kotwica, vecina de una aldea de casitas de madera cerca de Bielorrusia. “Aquí me siento la persona más segura del mundo”.
El ruido y la furia de la actualidad suenan remotos en estas carreteras desiertas entre coníferas gigantescas y estos canales donde los turistas hacen kayak. La impresión es engañosa. Desde hace unos días, esta franja en la frontera de Polonia con Bielorrusia y Ucrania es el escenario del mayor momento de tensión entre la OTAN y Rusia desde que este país invadió Ucrania en 2022.
En menos de una semana, la OTAN ha denunciado la incursión de una veintena de drones rusos al cielo polaco y han abatido a algunos. También reforzará la defensa del frente oriental. Rusia y su aliada, Bielorrusia, han puesto en marcha unos ejercicios militares al otro lado de la frontera. Polonia ha respondido cerrando la frontera polaco-bielorrusa y ha anunciado el despliegue de 40.000 soldados en la zona.
Esta es hoy una zona hipermilitarizada, el equivalente en el siglo XXI de lo que en los años treinta fue el corredor de Danzig o el del Fulda en la Guerra Fría. Un punto caliente del continente. El último frente bélico de la OTAN. El lugar donde, si estallase una guerra con Rusia, podría saltar la chispa.
















