Es un sueño incumplido de la ciencia desde la primera mitad del siglo XX: conseguir replicar, de manera controlada y a pequeña escala, el proceso interno que da su combustible al sol. Es decir, la fusión nuclear. Alcanzar esta hazaña, equiparable a llevar al hombre a la luna o curar el cáncer señalan algunos, daría a la humanidad una fuente de energía casi ilimitada, mucho más limpia y segura que la obtenida mediante las centrales de fisión nuclear que hoy operan en el mundo.

Sin embargo, algunos de los retos técnicos que entraña reproducir el proceso que se da en el interior de una estrella han sido, hasta la fecha, insalvables. No obstante, los expertos coinciden en que están más cerca que nunca gracias a los avances tecnológicos y a la ingente cantidad de dinero que se ha invertido en proyectos como ITER (siglas en inglés de reactor experimental termonuclear internacional), el cual busca demostrar la viabilidad de la fusión nuclear controlada en un gran reactor que se está construyendo en Cadarache, en el sur de Francia.

Detrás de esta iniciativa están 33 países, aunque “Europa, como anfitriona del experimento, es responsable de casi la mitad del proyecto, y en consecuencia tiene el mayor nivel de contribución”, subraya Marc Lachaise, director de Fusion for Energy (F4E), el organismo responsable de coordinar la participación europea, con sede en Barcelona. En conjunto, la UE aporta en torno al 45,6 % de los costes de construcción del reactor, mientras que países como Estados Unidos, Rusia, China, Japón, Corea del Sur e India aportan el 9,1% cada uno.