Donald Trump se ve ya ante el principio de su fin, y esto obliga a prepararse ante todas las provocaciones, tretas y intentos de quebrar las instituciones que se le ocurra cometer. Esta semana prometió un cheque de 5.000 dólares a todos los estadounidenses adultos si los republicanos ganan las elecciones legislativas, una maniobra que solo cabe calificar de compra de votos. Y volvió a proclamar que bajo su presidencia el país está viviendo una edad dorada. Por más que la repita, esa y otras mentiras cada vez tienen menos recorrido fuera del estadio de Dallas en el que pronunció esas palabras durante una extravagante convención del Partido Republicano convocada con el fin de movilizar a su base y dar la vuelta a los sondeos. Porque es absurdo hablar de una era dorada cuando la guerra de Irán ha disparado los precios de la gasolina y ha encarecido el coste de la vida para los estadounidenses. No lo es cuando el país que tanto hizo por forjar el orden mundial desde el final de la II Guerra Mundial, ha arrasado con casi todos los puentes que la unían a sus amigos tradicionales, desde Europa y los aliados asiáticos hasta Canadá, vecino al que lanza periódicamente amenazas de anexión, como ha hecho también con Groenlandia. La renovada fe de Washington en el imperialismo ha puesto patas arriba América Latina, mientras continúa la cruzada por internacionalizar la revolución ultraconservadora MAGA desde Colombia hasta Sajonia-Anhalt. Y en medio de todo eso, el presidente concentra su interés en enriquecer su cuenta corriente, engordar su ego y comportarse como el ‘troll en jefe’ a base de salidas de tono y comportamientos erráticos. Mientras tanto, ignora lo que preocupa a los estadounidenses, desde la marcha de la economía hasta los desafíos de la inteligencia artificial, otro tema en la campaña debido a los impopulares centros de datos. A los intentos de desposeer a millones de personas de sus derechos electorales, suma ahora la promesa del cheque en caso de victoria. Lo peor es la sensación de que tampoco esa promesa la cumplirá, de que en su bufonesca huida hacia delante dirá o hará cualquier cosa con tal de que el espectáculo continúe. No es extraño que las encuestas auguren una derrota republicana, ni que Trump quiera convertirlas en un referéndum sobre sí mismo. Y, mientras los republicanos agitan el miedo al comunismo como principal argumento para no perder votantes, los demócratas jugan la carta de los nuevos liderazgos progresistas. Estos líderes necesitan apelar al máximo de de votantes con un mensaje que ofrezca perspectivas a todos los ciudadanos, y vaya más allá del no a Trump. “Debemos no solo oponernos a esta Administración, sino también defender algo. Y ese algo es la clase trabajadora”, declara el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, a EL PAÍS SEMANAL, en una entrevista que coincide con el inicio de una nueva etapa en la que nuestro periódico redoblará la apuesta informativa en Estados Unidos con más periodistas y colaboradores. Trump no está aún derrotado y es alguien que contra las cuerdas puede resultar más peligroso. Pero incluso si pierde en noviembre, o si tras las presidenciales de 2028, como establece la Constitución, abandona el poder sin resistirse, el desmontaje del trumpismo y lo que ha dejado en su país y en el mundo requerirá tiempo y talento, y su resultado es incierto: tal vez esté aquí para quedarse. Desde el deterioro de las instituciones democráticas y la persecución de las minorías hasta la destrucción de las alianzas y la desinhibición del discurso del odio, el legado será muy difícil de revertir. El 3 de noviembre EE UU afronta uno de esos momentos que deciden el rumbo de las naciones. Ni los demócratas, en el sentido más amplio del término, ni nadie apegado a los valores con los que hace 250 años se fundó Estados Unidos, puede fallar.