La idea de que Alemania, por su bajo crecimiento, vuelve a ser el enfermo de Europa es recurrente. No es nueva. Cada cierto tiempo, cuando una economía entra en crisis, se da por hecho que una nueva patología atrapa a un país y ahora le habría tocado a Alemania. ¿Es cierto? Depende de cómo se mire, pero hay una evidencia que no escapa a nadie. Alemania, la famosa locomotora de Europa, ya no es lo que era.
El motor aún no está gripado, pero sufre daños estructurales. No carbura. Para colmo, también la carrocería —el sistema político— está llena de arañazos con algún golpe de importancia (las recientes elecciones en Alta Sajonia). Es verdad que sufre los mismos males de muchos países, pero hay uno que le hace más vulnerable: su patrón de crecimiento hace agua. El ‘made in Germany’ ya no brilla. La industria no tira en un mundo volcado a los servicios. Entre otras razones por los altos costes energéticos y eso explica que desde 2006, antes de que estallara la crisis financiera, y hasta 2025 su PIB real haya aumentado un promedio anual de apenas un 0,9%.
No es que a Europa le haya ido mucho mejor. En ese mismo periodo, la eurozona sólo ha crecido un 1% (1,1% en el caso de España), pero vuelve a haber otra diferencia. Alemania convive como ningún otro país en Europa con su pasado más reciente. El pasado, aunque sea como añoranza, siempre vuelve, y eso ha dado alas al nuevo partido emergente, AfD, que, como buen partido populista, ha apelado a un presunto pasado glorioso que conecta directamente con el mito del nacionalismo alemán de principios del siglo XIX, contrario al cosmopolitismo de origen francés. Alemania vuelve a mirar hacia dentro.









