Era un ciudadano español que creció con la idea de que Alemania era el país de referencia. Allí las cosas funcionaban, la industria automovilística iba sobre ruedas, la economía crecía incansable, los trenes circulaban puntuales y, además, siempre ganaban al fútbol.Resulta que unas décadas más tarde, el mismo ciudadano ya no ve aquella Alemania de la misma manera. Se encuentra con una economía en recesión o crecimientos anémicos, unos coches adelantados por la competencia china, una industria en crisis y un Gobierno que tiene que adoptar un plan de 34 medidas para reactivar la economía que incluye reformar las pensiones, el impuesto sobre la renta, el seguro de desempleo y la política de inversiones. Además, de colofón, su selección de futbol cayó, otra vez, eliminada del mundial de futbol. Aquella frase de Gary Lineker, buen futbolista y mejor comentarista, definiendo el fútbol como un deporte que juegan once contra once y donde siempre gana Alemania, también ha quedado desfasada. Ni al fútbol ganan. España crece más en el PIB y marca más goles en el césped.En definitiva, que Alemania está haciendo puntos para coronarse de nuevo como el enfermo de Europa. Aquel calificativo acuñado por el zar ruso Nicolás I a mitad del siglo XIX para referirse al Imperio Otomano, que atravesaba una profunda decadencia frente a las potencias de Europa occidental. Desde entonces, el título ha tenido otros destinatarios, entre los cuales Alemania. En dos ocasiones se lo colocó “The Economist”; una primera vez en 1999 como "el enfermo del euro" y la segunda en 2023, cuando se preocuparon por una presunta recaída de Alemania, diferenciando la crisis del 1999, pero añadiendo que necesitaba una buena dosis de reforma. Es lo que intenta ahora el Gobierno de Merz para evitar que se le ciña de nuevo esta detestada corona; un plan de ajustes, el de los 34 puntos, un conjunto de medidas, sin embargo, que son más reformistas que enfocadas a afrontar el problema estructural que tiene Alemania.Gigante económico, pero miope geoestratégico que abrazó la dependencia del gas ruso con apoyo unánime de políticos, economistas e industriaEl país ha salido de la recesión que arrastró en 2023 y 2024, pero el año pasado creció solo un 0,3% del PIB y para este año la OCDE le pronostica un 0,7%. Para situarnos, España crecerá tres veces más en 2026. Además, y más grave, todo indica que el gran problema de Alemania no es coyuntural, sino más profundo. Es lo que advierte el FMI, que sitúa en solo un 40% los factores ligados al ciclo económico, mientras que el 60% serían estructurales, especialmente desafíos profundos en productividad, innovación y competitividad. Conceptos en que antes Alemania era un modelo, pero que ya no es el caso.Este agujero estructural es algo que ya apuntaba hace tiempo Wolfgang Münchau, en su libro "Kaput, el fin del milagro económico alemán”, donde señalaba que el país no pasaba una crisis pasajera, sino el colapso de lo que denomina modelo industrial obsoleto. Un país que ha perdido competitividad por su inmovilismo político e industrial que le ha impedido modernizarse, su dependencia energética y la competencia china.Es un gigante económico, pero miope en geoestrategia, que abrazó una dependencia del gas ruso porque era ciertamente barato, pero que después pagó caro el corte del suministro a raíz de la guerra de Ucrania. Es la de los 100.000 despidos de Volkswagen que muestran la debilidad de su antaño imbatible industria del automóvil, que ahora, así son los tiempos, intentará reconvertir en parte en industria de defensa.Manifestación de trabajadores de Volkswagen preocupados por su futuro afpEnergía y automóviles son dos áreas que concentran el declive alemán. En la primera, su ceguera sobre las derivadas de una dependencia de Rusia, que fueron compartidas por políticos, economistas y la propia industria, que intentó mantener la relación hasta que la situación ya fue insostenible. Unas importaciones de gas ruso que llegaron a suponer el 50% del total y con una política energética que acabó sumando a la dependencia del gas ruso el cierre de las centrales nucleares.Lee tambiénEn los coches, se quedaron en el motor de combustión y allí vivieron años felices. Tal era la fusión entre industria y política que a uno de sus primeros ministros, al socialdemócrata Gerhard Schröder, le llamaron Autokanzler (canciller del automóvil). Sin embargo, las cosas se torcieron. Primero no creyeron en los eléctricos, y después, cuando quisieron abrazar la nueva fe, ya era tarde. Si un Tesla es un iPad con ruedas, un coche eléctrico alemán es un vehículo clásico al que se le ha incorporado el software. Resultado: el dominio chino y la decadencia alemana.Alemania es también la que se siente el gran pagano de la Unión Europea, lo cual es cierto, aunque tiende a olvidar que también es el gran beneficiario a nivel de mercado a su disposición y el socio con más capacidad de imponer sus deseos en Bruselas. El país que recetó austeridad a raudales durante la crisis financiera, que luego corrigió el tiro durante la de la covid, con los Next Gen (todo hay que reconocerlo, porque esto nos ha salvado), pero que ahora vuelve a las andadas con el próximo presupuesto de la Unión Europea que quiere recortar. Los frugales atacan otra vez.Si un Tesla es un iPad con ruedas, un coche alemán es un vehículo clásico al que se ha incorporado un softwareY una Alemania que ya no está blindada contra el auge de la extrema derecha. El pasado nazi la condiciona drásticamente en su actitud respecto a Israel, pero en cambio, no la vacuna contra la subida de la extrema derecha, con la AfD ya segunda fuerza del país y al alza. Y con un canciller con la popularidad por los suelos. En realidad, desde su elección en mayo del año pasado, Friedrich Merz no ha tenido ni un periodo de calma. El “otoño de las reformas” de 2025 que tanto anunció quedó en gran decepción que ahora se intenta recuperar con el paquete de las 34 medidas que ha conseguido pactar en la coalición de Gobierno.Aquel ciudadano español al que nos referíamos tardará en volver a ver una Alemania competitiva, innovadora y dominadora de los mercados. Es de momento una Alemania que busca encontrar de nuevo el lugar privilegiado que tan envidiado era y que no supo mantener. Y sobre todo, que no le ciñan otra vez la corona del enfermo de Europa.Redactor jefe de la sección de Economía de La Vanguardia