No quiero eximir a los alumnos, sino más bien extender la culpa: son hijos de su tiempo, construido y fomentado por adultosUn niño observa varias pantallas en un ordenador, con un móvil en la mano. Eduardo Parra / Europa Press (Europa Press)De los desastrosos resultados del informe PISA sobre el nivel de los alumnos españoles, me gusta pensar que los adultos que hoy les van a reñir en los medios lo harán con artículos escritos por la IA. Es decir: habrán mandado al servicio doméstico digital a echarles la bronca a esos pequeños vagos analfabetos. No yo, pero no por falta de ganas. Con esto no quiero eximir a los alumnos, sino más bien extender la culpa: son hijos de su tiempo, y es un tiempo construido y fomentado por adultos. Nunca, por ejemplo, habíamos leído tantas palabras y al mismo tiempo habíamos leído tan poco: WhatsApp, TikTok, Google, titulares, subtítulos, chats, tuits, pies de foto de Instagram; podemos pasar medio día leyendo sin levantar un solo cimiento de arquitectura mental. De alguna perversa manera, hemos confundido con euforia la alfabetización con tener textos delante. Es una cuestión política de peso: durante años la conversación educativa ha girado sobre qué enseñar (esos estúpidos vaivenes políticos que producen leyes de educación estragadas) cuando el asunto relevante ya parece ser si alguien está listo para aprenderlo. Pueden discutirse currículos, deberes o memoria: si una persona, ya no digo un niño, no aguanta 15 minutos de complejidad intelectual, el debate está por encima del problema. Otro cambio más delicado: la deslegitimación del esfuerzo. Los jóvenes —y esta es una observación de boomer también afectado—, se han acostumbrado a gratificaciones instantáneas. Entre desear algo y tenerlo pasa muy poco tiempo: eso ha perjudicado gravemente la paciencia. Así que el aprendizaje conduce a la melancolía, y el sistema no ayuda: entre tus estudios y su recompensa, si la hay, pasa a veces una vida. Recuerdo una frase de Fernando Savater: la educación sirve para que los niños conozcan las alternativas que existen a los prejuicios de sus padres. Y a la dinámica de una sociedad dirigida por tecnológicas que compiten por evitar que estés demasiado tiempo haciendo una sola cosa. Quizá la escuela podría convertirse en el lugar donde no funciona el resto del mundo. Un sitio donde aún haya silencio, concentración y cosas que no se pueden scrollear.Archivado EnOpiniónEducaciónInformes PisaInteligencia artificialLecturaRedes socialesCulturaJóvenesGrandes tecnológicasPadresFernando Savater