OpiniónEl erotismo necesita imaginación y la imaginación le quita al sexo algunas molestias de la realidad: horarios, cansancio y conversaciones pendientes. El cerebro erótico no funciona como una orden de compra por internet. Foto: iStock05.09.2026 06:30 Actualizado: 05.09.2026 06:30
Hay fantasías sexuales que algunas personas cuentan riéndose. Y hay otras que apenas se admiten a sí mismas, como si el cerebro tuviera un cuarto clandestino donde guarda material que jamás presentaría, ni ante un grupo de antiguos egresados de colegio. LEA TAMBIÉN El asunto es que fantasear no significa querer hacerlo. De hecho, mucha gente se asusta de lo que imagina porque supone que pensar algo equivale a desear convertirlo en realidad. Y no. El cerebro erótico no funciona como una orden de compra por internet.Así, una persona puede fantasear con alguien con quien jamás se acercaría ni de lejos al aquello, con quien nunca compartiría catre y mucho menos el departamento inferior. Pero sí puede imaginar situaciones que en la vida real resultarían incómodas, ridículas o sencillamente imposibles. Y excitarse con ellas precisamente porque están a salvo dentro de la cabeza. LEA TAMBIÉN Y ahí está parte del encanto. La imaginación le quita al sexo algunas molestias de la realidad: horarios, cansancio, conversaciones pendientes, hijos tocando la puerta, cuentas por pagar y esa inoportuna pregunta de “¿cerraste con llave?”.Además, allí todos saben exactamente qué hacer con las ganas. Una ventaja estadísticamente sospechosa.También es lícito que aparezcan lo prohibido, lo nuevo, una persona desconocida, un reencuentro, mandar, dejarse llevar o sentirse deseado por alguien improbable. Tanto que muchas veces importa menos quién aparece en el aquello que lo que representa.A veces una persona no imagina a alguien distinto. Imagina una versión distinta de sí misma. Más atrevida. Más deseada. Menos responsable. Menos pendiente del reloj. Una versión que no recuerda, justo en el mejor momento, que al día siguiente hay que madrugar. LEA TAMBIÉN Y aquí aparece uno de los errores frecuentes en las parejas: exigir que el otro revele todo como prueba de intimidad. Nada más tonto, porque compartir la cama por años no otorga automáticamente visa para entrar a todos los cuartos de la cabeza del otro.Bueno, otra cosa ocurre cuando algo se comparte porque produce complicidad. Entonces puede convertirse en conversación, juego, humor o incluso en una experiencia acordada entre adultos.Pero contarlo debería ser una invitación, jamás una confesión ante un tribunal. Porque además existe una pregunta especialmente peligrosa: “¿Y has pensado en alguien que yo conozca?”.Y justo aquí es que conviene recordar que algunas preguntas dentro de las parejas vienen sin respuesta correcta, en razón a que el erotismo necesita realidad, claro. Necesita piel, catre, ganas, movimientos razonablemente coordinados de la planta baja, pero también necesita mucha imaginación.Y quizá una de sus grandes ventajas sea justamente esa: permitir visitar lugares a los que probablemente nunca se irá. Sin hacer maletas. Sin pagar hotel. Y, sobre todo, sin tener que explicar después por qué se estuvo allí. Hasta luego.Esther BalacPara EL TIEMPO Sigue toda la información de Salud en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.








