OpiniónAunque se han escrito miles de páginas sobre la intimidad y casi ninguna habla de esos pequeños detalles que terminan contando la verdadera historia.Muchas personas suelen dormir con medias y estudios sugieren que les resulta más fácil conciliar el sueño. Foto: iStock04.07.2026 16:21 Actualizado: 04.07.2026 16:21
Hay personas que son capaces de quitarse toda la ropa para hacer aquello, pero dejan las medias puestas. Siempre me ha parecido una escena extraordinaria. El resto del cuerpo ya presentó renuncia al pudor, pero los tobillos siguen defendiendo una causa perdida. No parece asunto de frío. Si lo fuera, también habría quien se dejara un saco de lana, la gorra o la bufanda. No. Lo de las medias pertenece a otra parte. O, mejor dicho, a otra habitación de la cabeza. Es una de esas costumbres que nadie explica porque todo el mundo está demasiado ocupado en lo que hace la planta baja como pensar en ellas.Resulta curioso que se hayan escrito miles de páginas sobre la intimidad y casi ninguna sobre esos pequeños detalles que terminan contando la verdadera historia. Hay tratados sobre las ganas, sobre la química del cerebro, sobre la frecuencia, los tamaños, sobre la importancia de la comunicación y hasta sobre los efectos del ejercicio pélvico en la faena. Pero nadie se ha tomado el trabajo de investigar por qué las medias sobreviven cuando todo lo demás desapareció. Y es una lástima, porque sospecho que ahí hay más psicología que en muchos manuales. Las personas no se desnudan de una sola vez. Van soltando capas. Primero la ropa, después las palabras, luego las precauciones y, solo mucho tiempo después, las inseguridades y creo que algunas nunca llegan tan lejos. Siempre dejan una pequeña ventana abierta para que el pudor entre a respirar. LEA TAMBIÉN Las parejas aprenden pronto que nadie llega al catre completamente desnudo. Siempre aparece alguien escondiendo una barriga que solo existe en su imaginación, una cicatriz que la otra persona ni siquiera había notado o unos pies que considera indignos de mostrar. Cada cual carga su pequeña vergüenza privada. Lo llamativo es que casi nunca coincide con lo que el otro observa. Mientras uno hace esfuerzos por ocultar un detalle mínimo, quien está al lado probablemente solo piensa que hace calor, que la almohada está muy alta o que sería buena idea apagar el celular. Es una de las grandes ironías de la intimidad: las personas dedican buena parte de su vida a esconder defectos que casi nadie está buscando.Con el tiempo también ocurre otra revelación. Las parejas no recuerdan una encamada por haber salido perfecta. Recuerdan la risa si alguien se cayó de la cama, la sábana que decidió enredarse donde no debía, el ruido intruso que sonó en el peor momento o las medias que se quedaron puestas hasta el orgasmo como si hubieran firmado un pacto de resistencia. LEA TAMBIÉN Quizá por eso la intimidad nunca ha consistido en desvestirse por completo. Consiste en descubrir que la otra persona ya vio aquello que tanto preocupaba y, aun así, decidió quedarse. Y sí, después de darle muchas vueltas, uno termina creyendo que las medias nunca protegieron los pies. Protegían una inseguridad. Y las inseguridades, a diferencia de la ropa, no siempre se quitan antes de acostarse. Hasta luego. Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.











