OpiniónHay caricias que duran segundos y otras que permanecen décadas después de haber terminado.Realizar actividad física con regularidad mejorará su respuesta sexual. Foto: iStock20.06.2026 06:30 Actualizado: 20.06.2026 06:30
El cuerpo aprende muchos idiomas a lo largo de la vida, pero la intimidad sigue prefiriendo el lenguaje de las manos.Hay personas que creen que el sexo ocurre en el departamento inferior. Error. El sexo empieza mucho antes, generalmente en las manos. Mientras la cabeza se ocupa de asuntos trascendentales —la inflación, la geopolítica, el jefe, el estado de la democracia y la humedad de las paredes— las manos llevan siglos desarrollando una agenda propia, silenciosa y muy eficaz. LEA TAMBIÉN Uno puede olvidar un rostro. Incluso un nombre. Pero el cuerpo conserva una memoria obstinada para ciertas manos: las que llegaron con suavidad, las que llegaron demasiado rápido, las que se quedaron y las que se fueron. Las manos son profundamente indiscretas. Revelan cosas que la boca intenta ocultar. Hay manos tímidas, manos arrogantes, manos impacientes, manos que piden permiso y manos que consideran que el permiso es un trámite innecesario. Hay manos que saludan con entusiasmo y manos que estrechan dedos como quien firma un armisticio temporal. A veces basta un apretón para saber si uno está frente a un amante, un burócrata o un vendedor de seguros. LEA TAMBIÉN Con los años uno descubre algo fascinante: las personas envejecen, pero las manos adquieren personalidad. A cierta edad ya no pertenecen al cuerpo; pertenecen a la biografía. Se llenan de cicatrices, manchas, venas prominentes y recuerdos que ningún dermatólogo consigue borrar. Quizá por eso las parejas de larga duración terminan reconociéndose menos por el rostro que por las manos. La juventud mira los ojos; la experiencia identifica los dedos. Hay dedos que anuncian ternura y otros que parecen redactar memorandos. Hay caricias que duran segundos y otras que permanecen décadas después de haber terminado.Las manos tienen además una ventaja estratégica sobre el resto de la anatomía: nunca necesitan explicar sus intenciones. Siempre llegan primero. Tal vez por eso la evolución las colocó al final de los brazos y no al final de los discursos. Porque mientras las palabras negocian, justifican, prometen y a veces mienten, las manos suelen decir la verdad. O al menos una verdad bastante más interesante. LEA TAMBIÉN Y acaso por eso, cuando todo lo demás empieza a mostrar señales de desgaste —la memoria, la paciencia, la vista, la cintura, las promesas y hasta ciertas funciones del departamento inferior— las manos siguen ahí, discretas y eficaces, recordándonos que la intimidad nunca fue un asunto de anatomía. Fue, desde el principio, una cuestión de lenguaje. Y las manos, para bien o para mal, siempre han sido sus mejores traductoras. Hasta luego.Esther BalacPara EL TIEMPO Sigue toda la información de Salud en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.













