Declaraba la artista estadounidense Mindy Seu en una reciente entrevista publicada en este mismo diario que “para personas que han sido socializadas y sexualizadas en el mundo en línea, su medio para acceder al sexo no es solo físico, también es visual, auditivo y textual. No es tan visceral, sino multisensorial”. No otra es la razón, seguía argumentando, por la que la generación Z tiene menos sexo. En efecto, “su idea de intimidad no es tan física como antes, ya no necesita solo del tacto”. Tan poco parece necesitarlo que, en muchas de las representaciones de la misma, en concreto en la de la intimidad sexual, se diría que incluso se permite prescindir de él por completo.Pensemos en las cambiantes formas que van adoptando las relaciones sexuales tal como aparecen en películas y series. Dicha aparición no constituye, ciertamente, un indicador banal o irrelevante. Más aún, podríamos llegar a considerar que en determinados momentos opera como un auténtico prescriptor. Y si, hace ya un tiempo, la escritora y periodista Maruja Torres pudo afirmar que su generación aprendió a besar en la última fila de los cines, copiando la forma en que veían hacerlo a los actores y actrices, muy probablemente podríamos sostener que en nuestros días los más jóvenes mimetizan los comportamientos sexuales que se les presentan como normales en las diferentes pantallas que visitan. (De hecho, en este convencimiento se basan las frecuentes advertencias que los educadores lanzan acerca del peligro de que sean tantos los adolescentes que se inician en la sexualidad copiando los patrones de comportamiento que han visto en la pornografía que consumen en internet).En todo caso, la evolución de la forma en la que se representan los encuentros sexuales resulta significativa. Baste con recordar cómo en el cine de antaño se le hacía saber al espectador, sin mostrar ninguna imagen, que en la habitación contigua estaba teniendo lugar un encuentro de dicho tipo. Era a través de la risa femenina, que se le presentaba al espectador como anuncio de la inminencia del sexo. Más tarde, desapareció esa convención narrativa y fue sustituida, directamente, por los jadeos y, en su caso, gemidos más o menos sofocados. Pero ha sido cuando la relación sexual se ha explicitado en imágenes cuando los cambios en la manera de mostrarla se han hecho más llamativos.Por ejemplo, se ha convertido en habitual la escena protagonizada por una pareja joven (la juventud es condición sine qua non, como se entenderá de inmediato) en la que, tras los primeros escarceos todavía de pie, en cuanto se hace de todo punto evidente que la siguiente estación del recorrido tendrá lugar ya en la cama, el protagonista masculino carga a horcajadas a la chica hasta llegar a destino. Tanto se ha generalizado la representación que incluso en la reciente versión cinematográfica de un clásico como Cumbres borrascosas, dirigida por la cineasta británica Emerald Fennell, el encuentro apasionado entre los protagonistas seguía, con anacrónica exactitud, estas mismas pautas.El hecho de que muy probablemente nos encontremos ante un recurso narrativo para subrayar la urgencia de los amantes por dar rienda suelta a su pasión cuanto antes, no quita para que, a su vez, la reiteración de dicho modelo esté informando de cambios reales que se vienen produciendo en las formas de amar. Porque casi tan frecuente, si no más, como esta manera de representar el apresurado trayecto entre la sala de estar y el dormitorio, sea el momento inmediatamente anterior, en el que, de forma indefectible, esos mismos amantes proceden a desnudarse mutuamente casi con desesperación.Acaso sea en este último punto (más que en el del pintoresco acarreo de la mujer hasta el lecho) donde se haga patente en mayor medida la observación de la artista estado­unidense por la que iniciábamos el presente texto. Porque, en efecto, en estas representaciones parece haber desaparecido por completo el tacto en todos sus grados. Para empezar, los amantes que vemos en acción en las pantallas, tras besarse con desatada fruición, no se demoran acariciándose prácticamente nunca. La urgencia que les atraviesa es más por verse (de ahí las prisas por desnudar a la pareja) que por tocarse, como si ese específico reconocimiento del cuerpo del otro que solo se produce a través del tacto hubiera dejado de importarles por completo.Lo de menos a estas alturas es que semejante olvido pueda estar empobreciendo la representación de una de las situaciones de mayor intensidad que le es dado vivir a una persona. Más importante tal vez sean los efectos que esta deficiente representación puede contribuir a generar. Porque si las descripciones cinematográficas que venimos comentando acaban teniendo una función prescriptiva, esto es, instituyéndose en modelos a seguir en los comportamientos sexuales de buena parte de quienes aprenden a través de ellas, la cosa merece una consideración de otro orden.Las caricias en el cuerpo objeto del deseo constituyen un lenguaje particular, reservado, íntimo, a menudo solo inteligible por los propios amantesUna consideración que debería atender al hecho, incuestionable, de que el tacto representa una forma de comunicación específica entre los cuerpos. La distribución de las caricias en el cuerpo objeto del deseo, o su variable intensidad, constituyen un lenguaje particular, reservado, íntimo, a menudo solo inteligible por los propios amantes. Pero, a su vez, las caricias son fuente de placer irrepetible tanto para quien las regala como para quien las recibe. De ahí que nos atrevamos a afirmar que no cabe una representación adecuada del encuentro amoroso sin referencia al tacto, de la misma manera que sin él no puede tener lugar una vivencia amorosa plena. No resulta en absoluto casual que los poetas —afinados notarios de la experiencia, como es bien sabido— a menudo destaquen, como recuerdo indeleble de un amor perdido, la calidad de las caricias de la persona amada.Manuel Cruz es catedrático de Filosofía y expresidente del Senado.