Chicas de quince o dieciséis años preguntando qué crema anestésica usar en la garganta para hacer felaciones sin dolor. Es lo que dijo hace semanas la educadora social Pitu Aparicio en un podcast. En redes sociales, algunas cuentan que no compran productos específicos. Les valen medicamentos sin receta con benzocaína, lidocaína o antiinflamatorios potentes. Y así van a tener sexo, sin saber el peligro. Uno, porque anula las señales de dolor y si hay un desgarro o microtraumatismo ni se enteran. Dos, porque no tiene control sobre los músculos. Su propia saliva puede ir a la vía respiratoria, provocando atragantamiento o asfixia. Lo más inquietante es el motivo. Hace unos años, unas adolescentes reconocían a Jordi Évole cómo el porno les llevaba a hacer cosas que no querían, que les hacía sentir "una mierda". Évole les preguntaba: "Lo que contáis raya la violación". Y todo el grupo, chicos incluidos, respondió: "Sí".PublicidadAhora tenemos más datos. Sabemos que el 28% de las mujeres reconoce haber sido forzada a hacer algo que no quería en sus relaciones sexuales. Solo el 13,6% de los hombres reconoce haber tenido la “sensación” de obligar a algo a su pareja. Hay una distancia enorme entre lo que ellas viven como una intimidación y lo que ellos identifican. Según el CIS, casi el 55% de los hombres reconoce estar bastante de acuerdo o muy de acuerdo con que hay que llegar hasta el final en un encuentro sexual. En la encuesta, la frase incluía "si la otra persona quiere". Todo un alivio. También que el 72% de ellos admiten ver porno, frente al 25% de ellas.Todo esto nos deja esta radiografía. Por un lado, un porcentaje nada despreciable de mujeres asume que el dolor forma parte de la relación sexual. Todo por no molestar, no enfadar o, como reconocen algunas, porque temen la reacción de la pareja si se niegan. A la misma vez, hay un porcentaje nada despreciable de hombres que no reparan ni en forzar ni en el dolor de su pareja.Cuando una joven considera normal anestesiarse para soportar una práctica sexual, la pregunta no es qué está haciendo ella. La pregunta es qué sexo se ha enseñado. Son los resultados de parte de una generación que pensó que aprendía sexualidad viendo porno. Porque cuando una joven cree que el sexo consiste en soportar dolor incomodidad o presión, para no parecer aburrida, mojigata o inexperta, ya no estamos hablando de libertad sexual. Estamos hablando de un aprendizaje que acaba en mordaza. De cultura. De mensajes repetidos una y otra vez. El problema no es una crema. El problema es una sociedad que sigue enseñando a demasiadas chicas a aguantar antes que a poner límites. A complacer antes que a escucharse. A soportar antes que a decidir. Porque una persona puede cambiar de opinión. Puede parar. Puede decir que no. Incluso después de haber dicho que sí.El verdadero peligro, decían algunos, era el adoctrinamiento de la educación sexual afectiva en las aulas. Cuando una adolescente aprende antes a soportar el dolor que a reconocer sus propios límites, el problema no está en ella. Está en una cultura que ha confundido el consentimiento con la resignación, la presión en costumbre y el sufrimiento femenino en algo asumible. El problema es que demasiados chicos siguen aprendiendo que el placer de ellas es secundario. Y una sociedad donde ellas aprenden a aguantar, antes que a poner límites, no tiene un problema de sexo. Tiene un problema de violencia.
El consentimiento anestesiado
Una sociedad donde ellas aprenden a aguantar, antes que a poner límites, no tiene un problema de sexo. Tiene un problema de violencia








