Es uno de los conceptos que más ha aparecido en el debate público de la última década: el consentimiento. En la España de 'la manada', de la ley del 'solo sí es sí' y del beso forzado de Rubiales, la conversación sobre qué es el consentimiento ha avanzado con rapidez y ha generado, también, arduas resistencias. Sin embargo, teoría y práctica no siempre van de la mano, como tampoco la manera en la que mujeres y hombres interiorizan y viven el consentimiento. Los datos de la Encuesta de Salud Sexual publicada hace unos días muestran una clara brecha de género en cómo unas y otros entienden el concepto clave sobre el que se sostiene la libertad sexual.
Frente al 30% de mujeres que afirma haberse sentido obligada a hacer algo que no quería en una relación sexual, solo el 13,6% de los hombres identifica haber forzado a su pareja sexual. La encuesta, que no se hacía desde 2009, muestra que algo más de la mitad de los hombres —un 54,3%— cree que, una vez iniciado un encuentro sexual, hay que terminarlo si uno de los dos quiere, algo con lo que solo está de acuerdo el 36,6% de mujeres.
La sexóloga Sonia Encinas subraya que si no entendemos el consentimiento con perspectiva de género seguimos reproduciendo una idea obsoleta de lo que es, una idea que está profundamente relacionada con los estereotipos machistas sobre qué se espera de una mujer y qué de un hombre. De hecho, a día de hoy, dice Encinas, seguimos entendiendo el consentimiento “como una acción que tiene que ver con el sí o el no de las mujeres porque desde el estereotipo de la masculinidad se entiende que por parte de los hombres siempre hay disponibilidad y que depende de ellas decidir”. La educación patriarcal pone en los hombres la expectativa de que siempre sean activos y deseantes, mientras que de las mujeres se espera pasividad y discreción.








