La negativa a intercambiar ideas sobre cama, intimidad, deseos o fantasías es una de las dinámicas que más destruye relaciones. Abordar el problema crea un clima de libertad y confianza terapéutico y enormemente erotizante
“Hablando se entiende la gente”. Si en el ámbito de la sexualidad las personas pusieran en práctica este refrán español, los sexólogos perderían muchos clientes, ya que gran parte de los conflictos de pareja se deben a la mala o nula comunicación. Incluso uniones que se llevan bien y que manejan a la perfección el diálogo en parcelas como el trabajo, la economía, la gestión del hogar, los hijos o las planificaciones a medio o largo plazo, naufragan a la hora de intercambiar ideas sobre cama, intimidad, deseos o fantasías. ¿Qué tiene el sexo que nos deja mudos o nos convierte en adolescentes inseguros, pudorosos, torpes o desconsiderados con los sentimientos del otro?
Generalmente, los problemas sexuales se viven en silencio por miedo a incomodar al otro, por falta de estrategias para abordar cuestiones peliagudas o por la esperanza de que desaparezcan, de la noche a la mañana, como fantasmas con la luz del sol. Cuando esto no ocurre, a ello se une, además, la ansiedad anticipatoria. Es decir, ya no hay un solo problema, sino dos, ya que se añade el miedo a que la dificultad inicial aparezca de nuevo. Este clima de tensión contenida solo necesita de un mal día para que todo explote en forma de reproches, acusaciones, culpas e insatisfacciones. ¿Cómo es que los amantes o miembros de la pareja no fueron capaces de leerse las mentes, detectar el problema y ponerle fin?






