Lo raro es que no pasara antes. Era un seis de septiembre o, dicho de otra manera, un seis del nueve, 69; y como no hay minuto en el que varios cientos de millones de personas —por no decir miles— no estén pensando en las cosas del altamente didáctico Kamasutra (loor a Vatsiaiana), unas cuantas tiraron de la famosa posición y fundaron el Día Mundial del Sexo Oral. “Nada serio”, dirán algunos de ustedes, desconociendo quizá que no es la celebración con más sorna de ese palo de la baraja (también están el Día del Filete y la Mamada y el Día de la Tarta y el Cunnilingus, por ejemplo). Pero, con independencia del interés que tengan dichas iniciativas, hay pocas cosas más serias que el sexo y el erotismo, ese algo “emparentado con las formas más altas del espíritu” que siempre será sospechoso, “diga lo que diga cualquier legislación futura” al respecto (Sobre el amor, de Carl Gustav Jung).
En mayo de 1956, Marilyn Monroe se marcó una sentencia difícil de superar, ni siquiera por parte de los autores y autoras que citaré después. Durante una entrevista con Pete Martin, publicada en The Saturday Evening Post, confesó lo que había contestado a un escritor cuando este se interesó sobre su opinión sobre el sexo, claro: “Forma parte de la naturaleza, y yo me llevo bien con la naturaleza”. Conciso, rotundo, sin tonterías, una forma perfecta de cerrar el asunto y abrirlo al mismo tiempo. Total, ya dijo Aristóteles en el Libro I de su Política que “la naturaleza no hace nada en vano” y, si eso es cierto, se entiende que nuestra original especie fuera más lejos e inventara el erotismo, del que Jung nos da una definición interesante al afirmar que en realidad es vinculación, armonía de instinto y psique. Todo lo contrario de lo que deja caer Luciano de Samósata en los Diálogos de los dioses, donde Zeus pierde la paciencia con Eros porque está harto de que lo manipule constantemente y le haga transformarse en sátiro, cisne y toro —entre otras sutilezas— por culpa del deseo.






