Me gusta el sexo. También me gusta comer y adoro dormir. Lujuria, gula y pereza. Todo mal. Sobre todo para las mujeres, a quienes se nos ha exigido que seamos unas almas, y sobre todo unos cuerpos, puros. Sin deseos, ni apetitos. Hambrientas, célibes y siempre ocupadas. Cuidando y sirviendo a los demás, o embarcadas en tareas repetitivas, como bordar y tejer. Cualquier cosa antes que estar ociosas y que nos dé por pensar y reflexionar sobre nuestro papel en el mundo o nuestra necesidad de satisfacer nuestros deseos sin culpa. Pero resulta que la mayoría de nosotras hemos sacado tiempo para pensar, formarnos y replantearnos casi todo. La mayoría de nuestros comportamientos enseñados desde niñas, pero sobre lo que nos han dicho que no deberíamos hacer o pensar, mucho menos desear.PublicidadLiberarnos de las amarras de la sempiterna renuncia femenina a los apetitos, las pasiones y los deseos lo hemos logrado -también- gracias a ese feminismo que nos dicen que ha llegado demasiado lejos. Pero sobre todo gracias a las miles de mujeres se tomaron una pausa en sus labores de "ser una mujer como dios manda" y se pusieron a cuestionarlo todo: su educación, su forma de comportarse, de presentarse, de moverse en el mundo y hasta la manera de entender los deseos y las necesidades de sus cuerpos y sus mentes. Y lo hicieron además sin sentir vergüenza y ajenas a la mirada y la opinión masculina.Así que gracias a esto yo hoy puedo escribir que me gusta el sexo y que me da igual que se me vea como una "mala chica" o como una puta. Porque el sexo forma parte de la vida de la mayoría de nosotras, y el empeño por convertirlo en algo sucio, oscuro o una mácula no es más que misoginia -y homofobia- disfrazada de moralismo y puritanismo. Otra herramienta más de control de las mentes y los cuerpos de las mujeres y de todo aquel que ponga en cuestión la normatividad heterosexual.Y sin embargo el sexo sigue siendo un embrollo terrible, un lío que transciende los usos, las tradiciones y la mirada corta y limitante que la moralidad clásica y la mayoría de las religiones tienen sobre los apetitos del cuerpo, sobre todo los de los cuerpos y las mentes femeninas. Porque el sexo ha servido para humillar y castigar y, por encima de todo, para dominar a las mujeres, a la infancia y cualquier tipo de disidencia. El sexo como abuso, como arma de guerra. Desde esta perspectiva es normal que desde el feminismo andemos un poco recelosas al respecto, pero también que nos hayamos embarcado en un proceso de limpieza y deconstrucción del sexo y del deseo, pues siguen atravesados por la morralla ideológica y simbólica del patriarcado y la moralidad tradicional.Este es un proceso lento y complejo en el que tenemos que desaprender casi todo lo enseñado -y visto- para comenzar desde cero, aprendiendo a amar nuestros cuerpos y nuestras mentes y desprendiéndonos de la mirada masculina que ha dado forma, hasta ahora, al envoltorio simbólico que viste al deseo sexual. Es cierto que hemos logrado aceptar ya sin culpas ni complejos que somos sujetos activos de deseo, pero seguimos teniendo un problema cuando nos volvemos -o deseamos ser- el objeto de ese deseo.PublicidadPorque, aunque hayamos entendido -y aprendido- que es legítimo querer ser deseadas, el hecho de que todo el entramado que rodea al sexo y al deseo se erija aún bajo la mirada y la construcción masculina heterosexual hace que muchas sigamos temiendo que nuestro anhelo de ser deseadas nos acabe cosificando. Por eso este proceso de deconstrucción tiene que implicar a todos los géneros, pues es un camino que borra las performatividades y los roles tradicionales y patriarcales y que redibuja todo el campo simbólico del deseo.Hasta ahora las revoluciones sexuales se habían hecho para el beneficio y desde la perspectiva patriarcal. Al fin y al cabo el Verano del Amor coincidió con la llegada de la píldora, pero con el aborto prohibido, convirtiendo la contracepción en un asunto de responsabilidad femenina, y la maternidad en un castigo. Algo parecido sigue ocurriendo en el cine, donde es una excepción encontrar representaciones que no acaben reproduciendo los tropos aprendidos a través de la mirada masculina. Esto ocurre incluso con directoras que se perciben como feministas. Películas como Baby Girl y las nuevas versiones de Cumbres Borrascosas o Emmanuelle, no se distinguen mucho de ese ejercicio de onanismo misógino que es la tercera temporada de Euphoria, pues en ellas abunda la misma obsesión por doblegar a las mujeres fuertes a través del sexo, con posturas sexuales -a cuatro patas, en el suelo, atadas- que se nos quieren vender como humillantes o en las que no se disimula la cosificación colonial de los cuerpos racializados.Por eso urge romper con todo y abrazar la sexualidad y el deseo lejos de la mirada y la concepción patriarcal. Para convertir el sexo en un acto consentido, divertido y placentero, sin desequilibrios de poder ni culpas. Bien sea en una playa, en una cama, contra una pared o a cuatro patas y olé.
A cuatro patas y ¡olé!
Urge romper con todo y abrazar la sexualidad y el deseo lejos de la mirada y la concepción patriarcal








