Vivimos tiempos difíciles para las relaciones sexuales, o sea, esas que se dan entre los sexos. Lo sexual, como adjetivo, nunca se nos ha hecho fácil y conviene pensar las razones.Cuando las experiencias que llamamos sexuales se reducen a un modo encendido/apagado y se cotejan solo en términos de placer o dolor, de éxito o fracaso, se hace necesario ampliar nuestra mirada y nuestros márgenes de comprensión. Somos mucho más que un interruptor: las experiencias sexuales están atravesadas por múltiples significados que cada persona otorga a lo vivido.PublicidadLas experiencias vividas no siempre responden a lo que deseamos. Aunque solemos orientarnos hacia aquello que nos resulta erótico, placentero o significativo, tampoco conviene convertir el placer en un imperativo moral. No siempre sabemos jugar a sumar y muchas veces las interacciones no acaban siendo como hubiéramos deseado, pero no por ello han de convertirse automáticamente en experiencias dolorosas y mucho menos traumáticas. La curiosidad nos invita a vernos, sentirnos, sensarnos, pero también a relacionarnos, a jugar con un otro que no siempre quiere jugar a nuestra propuesta o desea otro proceso, contexto, modo o ritmo.En nuestras sociedades contemporáneas, marcadas por importantes avances en derechos sexuales y reproductivos, persiste una paradoja. Mientras hemos desarrollado una sensibilidad creciente hacia las violencias sexuales y hacia el sufrimiento que estas generan, observamos también una tendencia a interpretar como traumática cualquier experiencia sexual que produzca desagrado, frustración, vergüenza, enfado, rabia o desencuentro. Sin embargo, una experiencia subjetivamente negativa no tiene por qué derivar necesariamente en un trauma. Reconocer esta diferencia resulta fundamental para comprender la complejidad de la vida sexual humanaSe habla mucho de comunicar, pero quienes trabajamos en el ámbito de la sexología observamos que la palabra suele ser una de las herramientas menos utilizadas en las relaciones eróticas. La vergüenza a nombrar lo sexual sigue presente y, en muchas ocasiones, aquello que para unas personas resulta detonante de placer para otras se convierte en un elemento deserotizante. Estas situaciones se dan tanto en la cama como en la barra del bar. Con estos mimbres, la comunicación humana, ya compleja de por sí, se vuelve aún más compleja en las interacciones sexuadas y se problematiza en las relaciones eróticas. Más todavía cuando quien desea no encuentra respuesta en el deseo del otro.Donde alguien ve a Eros, otro puede ver al diablo. Y es que lo sexual sigue atravesado por la idea del mal, una moral que nos persigue desde que Eva mordió la manzana. Necesitamos socializar mucho más el paradigma comprensivo de la ciencia sexológica, todavía una asignatura pendiente en nuestra cultura. Lo sexual continúa interpretándose con frecuencia desde categorías morales, jurídicas o psicológicas y mucho menos desde herramientas que ayuden a comprender la diversidad de significados que atribuimos a nuestras experiencias.Publicidad¿Cambió de foco la moral punitiva en torno a lo sexual?Mientras que el siglo pasado vivió acontecimientos clave para el sexo, como la reforma sexual de los años veinte liderada por los primeros sexólogos europeos o los movimientos de liberación sexual de finales de los sesenta, que aspiraban a construir una vida sexual menos moralista y más gozosa, este siglo ha puesto el foco en otros aspectos: los derechos sexuales, el consentimiento, la igualdad sexual, el buen trato y la prevención de las violenciasCon este marco de fondo, hemos avanzado en reconocer el derecho a la diversidad, el derecho al buen trato, el derecho a nombrar el deseo incluso cuando aún no terminamos de comprenderlo, el derecho a gozar y el derecho a ser reconocidos en nuestra singularidad. Son conquistas importantes. Sin embargo, junto a estos avances también parece haberse instalado una tendencia creciente a interpretar cada vez más aspectos de la vida sexual desde categorías jurídicas, terapéuticas o diagnósticas.Hablamos mucho del buen trato en las relaciones sexuales, un vasto territorio que necesita educación porque comprendernos y respetarnos es fundamental. Pero educar no consiste en ofrecer recetas ni en repetir eslóganes. Educar implica comprender el valor de ser sexuados, aceptar que necesitamos sentirnos elegidos, deseados, reconocidos, particulares y cuidados. Implica también desarrollar recursos para atender esas necesidades y asumir la responsabilidad por los efectos que nuestras acciones tienen sobre los demás.PublicidadDiferenciar entre violencia y experiencia desagradablePara quienes trabajamos en sexología resulta crucial distinguir entre violencia y experiencia desagradable. La violencia sexual implica coerción, ausencia de consentimiento y vulneración de derechos. En esos casos el trauma constituye una consecuencia posible y frecuente, que merece reconocimiento, atención y reparación.Sin embargo, también existen experiencias sexuales vividas con incomodidad, frustración, vergüenza, decepción, arrepentimiento o desencuentro que, aun siendo importantes y mereciendo escucha, no pueden equipararse automáticamente a una agresión ni a un trauma. Convertir cualquier experiencia desagradable en trauma diluye la gravedad de las violencias reales y dificulta comprender la diversidad de experiencias que tienen lugar en el terreno erótico. A veces es verdad que en algunos casos no es tan fácil distinguir claramente una de la otra, pero conceptualmente es importante que subrayemos que una no siempre equivale a la otra.Seguimos hablando de violencia íntima, ahora más que antes, denunciándola y juzgándola. Sin embargo, seguimos sin situar en el centro el conocimiento de lo sexual, que continúa habitando para muchos un territorio oscuro, ambiguo o sospechoso. Nos cuesta pensar en los matices, las contradicciones y las ambivalencias que caracterizan las relaciones humanasUn ejemplo: actualmente, la sexualidad sana suele definirse como aquella que es placentera, respetuosa, libre de coerción y emocionalmente positiva. Suena bien. Sin embargo, cabría preguntarnos si todo aquello que no cumple perfectamente esos parámetros debe considerarse automáticamente enfermo, dañino o traumático. Tal vez uno de los desafíos de nuestro tiempo sea escapar de nuevas dicotomías que simplifican experiencias mucho más complejas. Entre lo placentero y lo doloroso, entre lo sano y lo enfermo, entre el éxito y el fracaso, existe un amplio territorio que requiere comprensión y elaboración más que clasificación inmediata.Y en este lío volvemos a abrir el saco de lo patológico. No es algo nuevo en nuestra moral sexual. Comportamientos que durante siglos fueron considerados pecado pasaron posteriormente a convertirse en categorías médicas. Hoy, mientras creemos avanzar hacia una mirada más comprensiva, seguimos ampliando las fronteras de lo enfermo de la mano de nuevas exigencias de bienestar, salud y corrección relacional.Además, los requisitos para alcanzar una supuesta salud sexual parecen cada vez más exigentes. Olvidamos que una parte importante del territorio de la sexualidad pertenece al ámbito de la intimidad. Acabamos prejuzgándonos, etiquetándonos y mostrando hacia fuera aquello que creemos que deberíamos mostrar, mientras sufrimos en silencio aquello que no encaja en los discursos dominantes. Y es que, en esta idea de lo sexual, quien esté libre de enfermedad que tire la primera piedra.Además, es curioso observar que una buena parte de las soluciones que nuestras sociedades proponen para sanar la sexualidad recaen cada vez más sobre el sistema legal. Y ello a pesar de los avances producidos en el conocimiento sexológico, sociológico, psicológico y pedagógico. Apenas se cuestiona la centralidad del castigo frente a otras posibles respuestas.PublicidadTampoco podemos olvidar las limitaciones existentes para el desarrollo de determinados procesos restaurativos en los ámbitos relacionados con la violencia sexual. En la práctica, muchas profesionales nos encontramos con mujeres que desean una admisión de responsabilidad, una disculpa o alguna forma de reparación simbólica, pero cuya voluntad acaba integrada en procedimientos judiciales donde estos objetivos no siempre ocupan un lugar central.El daño emocionalYa ocurrió con la depresión. Un concepto clínico terminó extendiéndose para describir experiencias humanas muy diversas. Algo parecido parece estar ocurriendo "lo tóxico" o, sin ir más lejos, con el trauma. Vivimos en una cultura que busca explicaciones rápidas y categorías claras para experiencias complejas. Si algo duele o genera malestar en el terreno sexual, existe una tendencia creciente a interpretarlo inmediatamente como una lesión psicológica. Sin embargo, los seres humanos elaboramos significados de formas diversas y muchas experiencias requieren tiempo antes de adquirir un sentido definitivo. Estos son los grises, las incertitudes, lo voluble de las cuestiones sexuales, que curiosamente nos volvemos a empeñar en pintarlas en blancos y negros puros. Esto puede ser correcto para los casos más paradigmáticos y mediáticos de lo que popularmente se conoce por violencia sexual. Sin embargo, en nuestro día a día nuestra dimensión erótica transcurre mucho más entre los claroscuros.Si observamos bien, hay una creciente preocupación por el daño emocional asociado a las experiencias sexuales y una tendencia a la sobreprotección, especialmente hacia las mujeres jóvenes. ¿No resuena aquí, de algún modo, la vieja preocupación por preservar una determinada pureza femenina? Quizá permanezca la distinción entre lo puro y lo impuro, aunque hoy se exprese mediante el lenguaje de la salud psicológica.PublicidadLas mujeres hemos sido históricamente silenciadas en la expresión de nuestro displacer erótico. Poder nombrarlo constituye un avance innegable. Sin embargo, existe el riesgo de que ese avance derive en formas de hiperprotección paternalista donde cualquier incomodidad sea medicalizada o judicializada. Paradójicamente, un discurso que pretende proteger puede acabar reforzando la idea de fragilidad permanente.No es extraño encontrarnos con mujeres que expresan: "No sé lo que tendría que sentir ni lo que hay que hacer" tras una experiencia sexual desagradable. Esa incertidumbre habla también de la presión cultural existente sobre cómo interpretar determinadas vivencias. Es importante reivindicar la capacidad de cada mujer para nombrar y significar su experiencia lejos de expectativas sociales, mediáticas o ideológicas.En ese sentido, para hacer frente a ello conviene rescatar también las capacidades humanas de autonomía, resistencia, elaboración y resiliencia. Las personas no somos únicamente vulnerables. También somos capaces de resignificar nuestras experiencias, aprender de ellas y continuar construyendo nuestras vidas sin quedar definidas para siempre por aquello que nos ocurrió, por ser perpetuas víctimas traumadas. La resiliencia no niega el daño cuando existe; simplemente recuerda que no toda adversidad desemboca inevitablemente en un trauma incapacitante.Y hablemos, claro está, de lo colectivo: cuando nuestra sociedad significa automáticamente como traumático aquello que produce dolor o malestar en el ámbito sexual, no solo aplica una etiqueta diagnóstica. También construye un imaginario colectivo sobre la sexualidad. Un imaginario que puede aumentar el miedo, la incertidumbre y la sensación de vulnerabilidad permanente. El displacer deja de ser una experiencia susceptible de comprensión y elaboración para convertirse rápidamente en prueba de un daño irreversible y de un terror social.PublicidadY este es un hecho que observamos con creciente normalidad: las formas de indefensión asociadas a acontecimientos interpretados como traumáticos. Los medios de comunicación, las redes sociales y determinados discursos públicos contribuyen a consolidar un imaginario donde el miedo, la vulnerabilidad y la sospecha ocupan cada vez más espacioEsta narrativa tiene también consecuencias colectivas. Puede favorecer que algunas personas construyan su identidad principalmente desde la posición de víctima antes incluso de haber elaborado lo sucedido. Puede saturar recursos asistenciales y judiciales destinados a situaciones graves. Y, desde una perspectiva sexológica, dificulta comprender el displacer como una dimensión posible del aprendizaje erótico, del autoconocimiento y de la negociación con el otro.¿Podemos salir de aquí?La sobreprotección hacia hijos e hijas, y muy especialmente hacia las chicas, merece una reflexión profunda. Una sociedad que alimenta constantemente el miedo difícilmente amplía los márgenes de libertad. Y una sociedad donde cada vez más chicos se sienten acusados preventivamente y cada vez más familias viven desconcertadas respecto a cómo educar sexualmente necesita abrir espacios de diálogo más complejos que los actualmente disponiblesToca repensar la educación de los sexos lejos de una visión simplista de lobos y caperucitas. Necesitamos una educación capaz de reconocer la violencia cuando existe, pero también de diferenciarla del desencuentro, de la frustración, del arrepentimiento o del displacer. Necesitamos educar en competencias eróticas, en comunicación, negociación, responsabilidad y comprensión de la diferencia.PublicidadLa propuesta sexológica no consiste en negar el daño ni minimizar la violencia. Consiste precisamente en revelar que hay diferentes experiencias, y no asignarles la misma etiqueta traumática mecánicamente. Se trata de validar las emociones sin patologizarlas automáticamente, de favorecer espacios de elaboración y de promover relaciones donde tengan cabida los matices, las subjetividades y el reconocimiento de la diferencia. Porque no todo aquello que nos incomoda nos convierte en víctimas ni todo aquello que duele deja necesariamente un trauma.El cuento admite muchas lecturas. Si seguimos interpretándolo únicamente desde la oposición entre depredadores y víctimas, probablemente estaremos entendiendo muy poco de la complejidad de los deseos, los encuentros, los desencuentros y las contradicciones que atraviesan la vida sexual de mujeres y hombres. La educación sexual del futuro deberá ser capaz de proteger frente a la violencia sin renunciar a comprender la complejidad de la experiencia humana. ¿Reescribimos el cuento?