Aniceto Masferrer
Actualizado 06/08/2026 - 06:30h.
Una de las paradojas más llamativas de nuestro tiempo es el contraste entre el discurso dominante sobre la sexualidad y la conducta real de la mayoría. Vivimos en una era de liberación sexual en la que el consentimiento parece haberse convertido en el único criterio válido: si hay acuerdo, todo vale. Sin embargo, cuando se observan las prácticas cotidianas, reaparece con fuerza una inclinación universal y persistente: el pudor. Esa tendencia a salvaguardar la intimidad física y emocional, lejos de haberse extinguido bajo la ola de permisivismo y erotización social, sigue presente como un impulso profundamente arraigado en lo que somos.
Basta un paseo veraniego por la playa para comprobarlo. Aunque en el imaginario de los años setenta y ochenta el toples parecía simbolizar la liberación femenina, pocas muchas mujeres lo practican, y menos aún en playas familiares. Pero el ejemplo más revelador está en un gesto casi invisible: la forma en que las personas se cambian el bañador. Hombres y mujeres procuran cubrirse con una toalla, una camiseta o cualquier biombo improvisado para evitar quedar expuestos durante unos segundos. Desde una perspectiva materialista, en la que el cuerpo se reduce a un objeto biológico, cuesta explicar esa conducta, especialmente tras décadas de discursos que presentan la desnudez como algo que no debería provocar incomodidad. Y, sin embargo, la necesidad de proteger la intimidad persiste.










