Durante años se asumió que cada nueva generación sería necesariamente más individualista, más transgresora y más distante de las normas tradicionales que la anterior. Sin embargo, como comentamos en ¿Por qué la juventud f*olla menos?, el primer artículo de Sexualidad al Pil-Pil, algunos fenómenos recientes sugieren una tendencia más compleja. En distintos países occidentales están apareciendo señales de un renovado interés por la estabilidad, el compromiso y la prudencia en las relaciones personales y la búsqueda de certezas en un contexto social cada vez más incierto.PublicidadEste cambio no implica una vuelta literal al pasado. La juventud actual sigue siendo profundamente moderna, digital y diversa. Sin embargo, una parte considerable parece mostrar cierta fatiga frente a la lógica de la hiperconexión, la inmediatez y la cultura del rendimiento que han dominado las últimas décadas.La generación de la incertidumbreLas generaciones más jóvenes han crecido en un entorno marcado por crisis económicas, dificultades de acceso a la vivienda, precariedad laboral y transformaciones tecnológicas aceleradas. En este contexto, la incertidumbre se ha convertido en una experiencia cotidiana pero ciertamente desagradable.Cuando el futuro parece inestable, resulta comprensible que aumente el atractivo de valores asociados a la seguridad, también en el ámbito de las relaciones eróticas o de construcción de vínculos de pareja: relaciones duraderas, proyectos compartidos, comunidad y vínculos de confianza. Lo que para generaciones anteriores podía percibirse como una limitación, para no poca parte de la juventud aparece hoy como una posible fuente de estabilidad en el ámbito íntimo y privado frente a un entorno social y público altamente cambiante y volátil.La diferenciación de las generaciones anterioresEn este cambio de paradigma de vuelta a lo conservador palpita cierta búsqueda de la juventud en ser diferentes a sus madres y padres, que vivieron el boom de la libertad- beber, fumar, tener relaciones con más personas etc. -, ahora lo transgresor, lo revolucionario puede ser entendido como todo lo contrario: beber menos, fumar menos, salir menos de fiesta, y, por supuesto, acostarse con menos personas o directamente en el contexto de una relación con continuidad.PublicidadEl retorno de los roles tradicionales: del hombre proveedor a la 'tradwife'Uno de los fenómenos más sorprendentes del panorama contemporáneo es el renovado interés por los roles tradicionales entre una parte de la juventud de ambos sexos. Durante décadas, la idea dominante parecía apuntar hacia una progresiva desaparición de las diferencias de rol entre hombres y mujeres.Sin embargo, varias profesoras de secundaria con las que tuve el placer de charlar en el marco de una ponencia advertían que están reapareciendo discursos que reivindican figuras como el hombre proveedor o la tradwife (la esposa tradicional). Por supuesto, son discursos impulsados por redes sociales, comunidades digitales y determinados espacios culturales, pero que están afectando no tanto a la juventud que estudia en la universidad, obtiene titulación de formación profesional o están teniendo sus primeras experiencias laborales, sino sobre todo a adolescentes de entre 14 y 16 años.Lo interesante es que muchos de los jóvenes que muestran simpatía hacia estos modelos no necesariamente rechazan la igualdad jurídica o algunos de los avances sociales de las últimas décadas. Más bien parecen buscar algo que consideran escaso en el presente: certidumbre.PublicidadLas sociedades contemporáneas han multiplicado las opciones vitales. Hoy existen más posibilidades que nunca sobre cómo construir una identidad, una carrera profesional o una relación de pareja. Pero la libertad absoluta tiene un coste: la necesidad permanente de negociar expectativas, responsabilidades y límites. Lo que algunos jóvenes perciben en los modelos tradicionales es precisamente lo contrario: un marco relativamente claro acerca de qué se espera de cada persona.Muchos jóvenes varones crecen en una época donde los papeles tradicionales han perdido legitimidad, pero donde los nuevos modelos todavía resultan difusos y aún no tienen referentes claros, sobre todo en el espectro progresista. Todavía no tenemos esa referencia clara del modelo de hombre con el que nos gustaría convivir. En cambio, la figura del proveedor ofrece una respuesta sencilla a una pregunta compleja: ¿qué significa ser un hombre valioso en el siglo XXI?De forma paralela, el fenómeno tradwife expresa una inquietud similar desde el lado femenino. Aunque muchas de sus representantes utilizan una estética inspirada en los años cincuenta, el atractivo de este movimiento no parece reducirse a la nostalgia histórica. Para algunas mujeres, representa una crítica a una cultura que les exige simultáneamente éxito profesional, independencia económica, atractivo físico permanente, desarrollo personal constante y plena realización afectiva. Frente a esa acumulación de exigencias, la idea de centrarse prioritariamente en el hogar, la familia o los cuidados puede aparecer, paradójicamente, como una simplificación liberadora.El regreso del romanticismo a la Generación ZQuizá la manifestación más interesante de este cambio sea el retorno del romanticismo. La imagen habitual de la Generación Z es la de una cohorte criada entre aplicaciones de citas, redes sociales y acceso ilimitado a contenido digital. Sin embargo, muchos jóvenes parecen mostrar menos interés por las relaciones esporádicas y más interés por el compromiso, la estabilidad y la construcción de vínculos significativos. Este fenómeno también puede interpretarse desde la perspectiva de que es una reacción frente a décadas de creciente mercantilización de la vida afectiva. Si Tinder transformó parcialmente el encuentro en un mercado de perfiles y las redes sociales convirtieron la atención en una moneda social, una parte de la juventud parece responder reivindicando precisamente aquello que no puede reducirse a métricas: la exclusividad emocional, la conexión profunda, la reciprocidad y el sentido de pertenencia, lo fusional y el sentido de objetivo que proporciona el pensamiento romántico.Desde esta perspectiva, el romanticismo contemporáneo no sería tanto una nostalgia ingenua del pasado, sino una cierta forma de resistencia cultural frente a la lógica del rendimiento. Mientras la cultura digital invita a optimizar continuamente la propia imagen y a mantener abiertas infinitas posibilidades, el ideal romántico implica precisamente lo contrario: elegir y comprometerse.El "neopuritanismo" de la salud y el bienestar: espiritualidad, autocuidado y protección personalUno de los fenómenos más llamativos es la aparición de una nueva moralidad que rara vez se presenta como moralidad. Ya no suele expresarse en términos religiosos, sino mediante el lenguaje de la salud, el bienestar psicológico, el autocuidado o la gestión del riesgo.Conductas que hace unas décadas se asociaban a la libertad individual son observadas ahora con una mirada más cautelosa. El discurso, y en concreto para las mujeres, ya no es el de "si llevas la falda corta y te acuestas con muchos eres la golfa del barrio". Entre los más jóvenes, las mujeres tenemos todo el derecho del mundo a tener tantas parejas eróticas como ellos.PublicidadEn cambio, hay un fenómeno paradójico: la sociedad contemporánea se considera más libre que nunca, pero al mismo tiempo desarrolla nuevas normas y nuevas formas de vigilancia erótica, esta vez justificadas por la protección hacia el propio cuerpo, el autocuidado y la evitación del contagio de bacterias y virus, la protección emocional frente a ciertos hombres agresores en potencia, o la reducción a la exposición de riesgos, mandatos que recaen en ambos sexos pero sobre todo en ellas. En definitiva, el retorno de algunos discursos higienistas que creíamos olvidados.Otro elemento relevante es el auge de nuevas corrientes espirituales y de desarrollo personal. Aunque adoptan formas muy diversas, muchas de ellas comparten una idea fundamental: la necesidad de proteger el propio bienestar, establecer límites claros y evitar relaciones consideradas perjudiciales.Especialmente entre algunas mujeres jóvenes ha ganado popularidad un discurso que combina lenguaje terapéutico, espiritualidad contemporánea y reivindicación de la autoestima femenina. Todo ello acompañado de un simbolismo religioso que observamos en la estética y las canciones de máximos exponentes de la cultura pop comercial como Rosalía, la Oreja de Van Gogh.PublicidadEn definitiva: antes se hablaba de modestia, prudencia o virtud. Hoy se habla de autocuidado, bienestar emocional, amor propio o establecimiento de límites. ¿El retorno del viejo puritanismo bajo un nuevo sombrero?La paradoja de la nueva sensibilidad progresistaResulta especialmente interesante que algunas de estas ideas asociadas a lo tradicional hayan encontrado eco en sectores que históricamente se identificaban con posiciones progresistas. La crítica a determinadas dinámicas relacionales, la preocupación por los desequilibrios de poder o la atención a las consecuencias emocionales de ciertas conductas han contribuido a una revisión crítica de creencias que durante décadas fueron consideradas símbolos de liberación, pero tienen el doble reverso de venir con concepciones morales conservadoras.Esta evolución refleja una tensión interna entre dos impulsos distintos: la defensa de la libertad individual y la preocupación por los posibles riesgos asociados a determinadas dinámicas sexuales. Un ejemplo: en no pocos casos se está pidiendo a los hombres que sean cariñosos, cuidadosos, blanditos que sostengan emocionalmente y domésticamente a las mujeres y a los hijos…pero que a la vez sean empotradores en la cama. Quizá son cosas que pueden convivir, pero hay que enseñar cómo.¿Y la educación qué papel juega en todo esto?La educación probablemente desempeña un papel mucho más importante de lo que suele reconocerse. No porque determine directamente cómo se comporta la juventud, sino porque proporciona los marcos morales e interpretativos con los que entienden las relaciones, el riesgo, la autonomía o la confianza.PublicidadDurante buena parte de finales del siglo XX, la educación afectiva y social estuvo influida por ideales de emancipación: autonomía individual, igualdad entre hombres y mujeres, cuestionamiento de normas tradicionales y ampliación de libertades.Sin embargo, en las últimas décadas ha cobrado fuerza otro enfoque centrado en la prevención del daño. El énfasis ya no está únicamente en lo que las personas pueden hacer libremente, sino también en cómo evitar riesgos psicológicos, emocionales o sociales. Este desplazamiento ha producido una cultura educativa más orientada a la protección que a la exploración.Por otra parte, otro fenómeno relevante puede ser la creciente influencia del lenguaje psicológico: conceptos como límites, autoestima, apego, dependencia emocional, relaciones tóxicas, validación o bienestar emocional forman parte del vocabulario cotidiano de muchos jóvenes. Esto tiene efectos positivos evidentes, porque ayuda a identificar dinámicas perjudiciales y favorece una mayor reflexión sobre las relaciones.Sin embargo, esto también puede fomentar una visión excesivamente terapéutica de los vínculos humanos, en la que toda relación se evalúa constantemente en términos de bienestar personal. El compromiso, la tolerancia a la frustración o la capacidad de atravesar conflictos pueden quedar en segundo plano frente a la búsqueda de seguridad emocional permanente.PublicidadPor último, la juventud actual ha sido educada en una cultura de gestión del riesgo. Y ya no se trata únicamente de las relaciones personales. Lo observamos en la alimentación, el consumo de alcohol, el deporte, la salud mental o el uso de internet. La prevención ocupa un lugar central.Desde esta lógica, muchas experiencias que generaciones anteriores interpretaban como parte normal del aprendizaje vital pasan a contemplarse principalmente a través de sus posibles consecuencias negativas. Esto contribuye a una actitud más prudente y, en algunos casos, más conservadora, una vez más, frente a la incertidumbre.Educación de los sexos: enseñar a convivir y no solo a protegerseLa prevención de riesgos es importante, proteger la salud también, pero una educación basada exclusivamente en el peligro corre el riesgo de generar miedo y desconfianza.Las relaciones humanas implican incertidumbre, y las sexuales, por supuesto también. No existe una forma de vincularse sin exponerse emocionalmente al rechazo, la decepción o el conflicto. Educar únicamente desde la lógica del riesgo o de la seguridad puede dificultar el aprendizaje de la confianza, la negociación y la reciprocidad. La cuestión no es elegir entre seguridad o libertad, sino enseñar a gestionar ambas simultáneamente.Por último, y no menos importante: al igual que en terapia es conveniente no hacer transferencias sobre las creencias o ideologías personales de la profesional a los consultantes, en educación de los sexos hay una tarea pendiente.PublicidadNo solo con la enseñanza de la vulnerabilidad, la fragilidad y la incertidumbre, sino con la tarea de mostrar qué referentes sexuales -y, especialmente, en qué coordenadas han de manejarse los hombres- nos gustaría encontrar en esa convivencia de los sexos.