La hidratación es un pilar de la salud, como leemos repetidamente en redes sociales, junto con mensajes sobre el porcentaje de agua del cuerpo humano —sí, es un 60%— o alertando del declive del rendimiento físico a partir de porcentajes mínimos de deshidratación —sí, de 1-2%, con los síntomas más graves a partir del 3-5%. Sin embargo, a pesar del nivel de divulgación de estas cifras, la mayoría de las personas llegan al final del día levemente deshidratadas sin saberlo, porque la sed es un indicador tardío y no siempre fiable del estado de hidratación. Y, también, porque no todos los líquidos hidratan igual.

No todo lo que bebemos se queda en el cuerpo

Podemos pensar que beber líquidos equivale directamente a hidratarse, pero intuitivamente sabemos que nuestro organismo no retiene todo lo que ingiere. Una parte del agua que bebemos se elimina rápidamente por la orina en función de lo que los riñones detecten que sobra. La clave de la hidratación no es solo cuánto se bebe, sino qué proporción de líquido permanece dentro de nuestro cuerpo.

La retención no solo depende de nuestros riñones, sino de lo que acompañe al agua. Los electrolitos (sodio, potasio, magnesio, cloro), los carbohidratos (como los azúcares) y las proteínas ralentizan el vaciado del estómago y estimulan la absorción de agua en el intestino. Si se absorbe más agua, se reduce la producción de orina y aumenta la retención neta de líquidos. El alcohol, en cambio, suprime la hormona antidiurética (ADH) y produce el efecto contrario, una mayor eliminación a través de la orina, algo que los bebedores de cerveza también saben de forma intuitiva.