En los últimos días volvió a irrumpir en la discusión pública el debate sobre la situación de las juventudes. La agenda de los medios volvió sobre problemas que conocemos hace tiempo: jóvenes que no consiguen empleo, otros que trabajan en condiciones muy precarias, dificultades para acceder al primer trabajo formal y salarios que no alcanzan para construir una vida autónoma. Que el tema vuelva a ocupar un lugar en el espacio público es importante. El riesgo es que quede reducido a una sucesión de cifras alarmantes y se pierda de vista qué proceso expresan.

Los últimos datos del Monitor de Juventudes de Fundación SES y CEPA permiten mirar ese proceso con mayor precisión. En el primer trimestre de 2026, el 63,9% de las y los jóvenes ocupados de 18 a 24 años trabajaba sin aportes jubilatorios. Son 685.000 jóvenes en empleos informales. Un año antes la proporción era del 57,5%. En apenas doce meses, la informalidad aumentó 6,4 puntos porcentuales.

El deterioro se ve todavía con más claridad cuando se observa qué pasó con el empleo registrado. Entre el primer trimestre de 2025 y el mismo período de 2026 se perdieron 94.000 puestos registrados entre jóvenes de 18 a 24 años. La cantidad de asalariados formales bajó de 481.000 a 387.000. Dentro de este grupo de edad, apenas el 36,1% de quienes tienen un empleo accede hoy a un trabajo registrado.