0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialCon qué maestría se hizo Juan Diego suyo el papel. El rostro duro del actor, su cuerpo enjuto, cubierto de barro o ceniza, el costillar afilado y esos ojos como ascuas, capaces de redoblar la expresividad sin el recurso de la palabra, le permitieron transmutarse en uno de los personajes más hipnóticos que dio la crónica de Indias del siglo XVI. El cineasta mexicano Nicolás Echevarría acertó escogiéndolo como protagonista para Cabeza de Vaca (1991), una película oscura y alucinatoria, basada en el relato Naufragios (1542), sobre las peripecias de un explorador que regresa del Nuevo Mundo transformado, hasta cuestionar la lógica de la conquista.Permítase un párrafo acelerado para situar la narración en el punto que nos interesa: Álvar Núñez Cabeza de Vaca se enrola, como tesorero y alguacil mayor, en la expedición que parte de Sanlúcar de Barrameda con la misión de conquistar Florida (17 de julio de 1527). Encallan cerca de la isla de Malhado –hoy Galveston, en la costa de Texas–. Los indígenas hacen una escabechina con buena parte de los supervivientes. Apresan a nuestro protagonista y lo esclavizan. Sufre las mil perrerías. Logra convertirse en buhonero: trueca conchas, pedernales, almagre o pieles con las tribus que encuentra por trochas y manglares. Luego se hace curandero. Y al final de su delirante odisea, tras ocho años de errancia, habrá recorrido unos 8.000 kilómetros, a pie descalzo y con barbas hasta la cintura; una inhóspita Ruta 66: Texas, Nuevo México, Arizona, Sonora y Sinaloa hasta llegar a San Miguel de Culiacán. “Por toda esta tierra anduvimos desnudos; y como no estábamos acostumbrados á ello, á manera de serpientes mudábamos los cueros dos veces en el año”, escribe.Durante su cautiverio, en harapos y hambriento, Cabeza de Vaca acarrea avíos, pesca, busca leña podrida y, a pesar del sueño, mantiene vivas las hogueras para que el humo ahuyente los mosquitos, “que son muy malos y enojosos”. También busca raíces comestibles bajo el agua, entre cañizares, “y de esto traía yo los dedos tan gastados que una paja que me tocase me hacía sangre de ellos”. La lectura de Naufragios conserva una extraña luz incluso para el lector contemporáneo, no solo por la aventura casi inverosímil que desgrana, ni soñada por Netflix, sino también por las observaciones sobre las tribus indígenas: una temprana lección de involuntaria mirada antropológica. Sobre los iguaces, por ejemplo, apunta: “Toda esta gente son flecheros y bien dispuestos, aunque no tan grandes como los que dejamos atrás, y traen la teta y el labio horadados”. Es tanta el hambre de aquellos nativos que comen arañas, huevos de hormigas, gusanos, lagartijas, tierra, madera y estiércol de venados. Aquí no hay épica de cruz y espada.Después de contrariedades sin cuento, irrumpe en el guion un giro asombroso: Cabeza de Vaca se tropieza con Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado y Estebanico, un esclavo africano al servicio del primero. Son los únicos supervivientes, hasta donde se sabe, de la fallida expedición de Narváez que había zarpado de las costas gaditanas con 600 hombres. A partir de ahí, la lucha por la vida se conjuga en plural.Lee tambiénEl azar les abrió una salida precaria: los indígenas obligaron a Castillo, y luego a Cabeza de Vaca, a curar a sus enfermos, “que estaban tollidos y muy malos”. Como no conocían quiénes eran aquellos hombres ni de dónde procedían, y al observar en ellos prácticas desconocidas, quizá los indígenas les atribuyeron poderes especiales. Los náufragos envidaron el órdago. Rezaban avemarías, trazaban la señal de la cruz sobre los indispuestos, soplaban la zona doliente, la tocaban, empleaban remedios aprendidos de otras comunidades y no se amilanaban a la hora de extraer una espina o una punta de flecha. “En atrevimiento y osar acometer cualquier cura era yo más señalado”, asegura el narrador. El caso es que los rituales funcionaron, por sugestión o carambola. Acabaron tomándolos por los hijos del Sol y peregrinando con ellos hacia poniente.En torno al 1 de abril de 1536, el grupo se topa con las tropas del capitán Diego de Alcaraz en el río Petatlán, cerca de Culiacán. Cabeza de Vaca tiene que pelear por la suerte de los indígenas. Al cabo son escoltados hasta Ciudad de México, la capital del virreinato. Cuatro años después, embarcará hacia el Río de la Plata, pero ya con otro espíritu.