Todo en esta historia acaba por volver al Cabra. Todo acaba por llegar a él, Cabrero Segundo, el “famoso lacandón”, el patrón, un hombre mediano, de metro 65, tez morena, con su pancita, su barba y bigote de candado, y los tatuajes: una cruz en el hombro izquierdo y un jaguar en el derecho. Un sujeto peculiar. En la película que mandó hacer de su vida, eligió a un actor lleno de músculos que le sacaba 21 centímetros. En el apogeo de su poder, construyó una pista de aterrizaje clandestina para recibir cargamentos de droga a dos minutos de su casa. Aquella noche en que secuestró a 33 militares, los desarmó y desnudó –nadie olvida aquello en la selva–, pasó las últimas horas de la madrugada esnifando cocaína, delante de ellos, con un billete. El Cabra, un tipo con ambición.Húmeda y tupida, la selva Lacandona rodea al personaje. Es su casa. Ahí ha vivido siempre, de manera bastante humilde, por lo que cuentan vecinos y viejos conocidos. Al menos al principio, cuando se ganaba la vida cortando xate, una palma ornamental que vendía al peso. Luego todo cambió. Una detención por cargar un arma sin licencia, un paso posterior de tres años por la policía de Chiapas… Y después, el éxito. Algún tipo de sabiduría vernácula alcanzó al joven Cabra, que en 2015 cuenta apenas 32 años. Hay quien dice que ya entonces controla el tráfico de migrantes en la región, la nariz de selva que México mete en Guatemala. Otros retrasan su dominio un año. Ninguno más de tres. A partir de ahí, su vida es una larga borrachera de poder que, por momentos, tiende al caos.Existe una ventana que da precisamente a la cima de su reinado, un día de finales de 2022. Ahí aparece el Cabra, omnipotente. Nadie le lleva la contraria fuera de algunos de sus viejos vecinos, que le han conocido, que saben que viene de la nada. “Tú ahora eres muy poderoso”, le alcanzará a decir uno de ellos, “pero hasta los edificios más altos, si les tumbas una pata, se caen”. Todo un augurio. La policía le obedece, la fiscalía también. Los militares no se atreven con él. Y eso es precisamente lo que se ve a través de los cristales: el ejercicio de un poder sin límite. A la vista de todo aquello, la pregunta es cómo lo hizo. Cómo un buscavidas lacandón, que una vez no tuvo más patrimonio que un machete, llegó a hacer fortuna traficando personas, y luego también drogas, sin que nadie hiciera nada por evitarlo. La respuesta es el paisaje y el paisaje, un día en el calendario. La ventana: 15 de diciembre de 2022. Minutos después del mediodía, el cuartel general de la 38ª Zona Militar del Ejército mexicano, con sede en Tenosique, Tabasco, registra una alerta aérea. Una avioneta no identificada está entrando en territorio nacional. Viene de Guatemala y antes de Puerto Lempira, en Honduras. Da vueltas, pasa por El Ceibo, en Tabasco; busca su pista de aterrizaje. Al final, después de varias horas, la encuentra. La avioneta ha tomado tierra en un camino abierto a machetazos en medio de la Lacandona, cerca del poblado Crucero San Javier. La Fuerza Aérea se pone en marcha. Poco después de las 18.00, dos helicópteros salen de dos bases distintas en dirección a la pista clandestina. Se hace tarde, la noche acecha. Aunque los militares lo ignoran, el Cabra y su gente acuden raudos a bajar la carga, cinco fardos de 80 centímetros de alto por 40 de ancho. Cada uno pesa alrededor de 20 kilos.Se trata de blanquísima cocaína, uno de los productos más rentables en la historia de América, casi un cliché en las selvas de México y Centroamérica. En Colombia o Perú, producir cada gramo cuesta menos de tres dólares. En las calles de Nueva York, su valor se ha multiplicado por 20, 30, 40… Hay centros de acopio a lo largo de toda la ruta y Chiapas destaca entre ellos. En este 2022 que está por terminar, el estado sureño se lleva la palma: en ningún otro lugar de México las autoridades decomisan más cocaína que allí, superando las 10 toneladas. El siguiente estado con más decomisos, Michoacán, no llega a las cuatro. Los expertos toman esas cifras para proyectar cantidades traficadas totales, que siempre serán más altas. En esa economía boyante transita el Cabra, que se ha construido dos pistas de aterrizaje en el barrio, una a tiro de piedra de su casa. Hasta hace unos años, usaba la de la hermosa zona arqueológica de Bonampak, la antigua ciudad maya, famosa por sus pinturas murales. Construida hace décadas para los viajes de arqueólogos y otros especialistas, el Cabra usaba la pista para bajar los fardos de cocaína. Incluso, cuentan vecinos de la zona, maniobró para expulsar a los trabajadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de la zona arqueológica, y así evitar testigos incómodos. El INAH dijo que fue por culpa del crimen, en general. La realidad era que el Cabra no quería mirones. Preguntado por ello, el INAH prefiere no hablar del tema. Ya es prácticamente de noche. En dos camionetas, el Cabra y su gente salen disparados de la pista de aterrizaje, cargando los costales de droga. Uno de los dos helicópteros les persigue. Los vehículos huyen por los caminos de la selva. Minutos más tarde, se separan. El helicóptero sigue al que carga los fardos, visibles en la batea. Poco después, la camioneta detiene su marcha. Los narcotraficantes bajan la carga y la ocultan entre los árboles. Luego huyen. El helicóptero, que ha viajado desde Tenosique, baja poco a poco. Un grupo de militares desciende con una cuerda. No se ve casi nada, pero ahí están los bultos que ubican y suben a la aeronave. La falta de luz les juega una mala pasada. El piloto baja demasiado y golpea un tocón con la panza metálica. Un susto. Con todos los fardos arriba, se elevan de nuevo y vuelven a Tenosique. Son las 20.15.En la primera escena, una pistola dispara en primer plano. Luego sale el rótulo de la película, ‘Hombre de Valor’, con un subtítulo: “La selva te lleva a ser un guerrero”. Un plano aéreo de las ruinas de Bonampak sucede a la presentación. Y después ahí está el Cabra, el de ficción, metro 86, todo músculo, con su mujer y sus dos hijos, en la zona arqueológica. Los niños corren pirámide arriba y el Cabra de ficción dice, “no sé si aceptar, no es una decisión sencilla”. La pareja sigue hablando, luego hay un flashback y solo al final, la cinta vuelve a la escena inicial de Bonampak. El Cabra acepta: será agente auxiliar municipal. Es decir, el jefe de policía. Hombre de Valor se estrenó en uno de los ranchos del Cabra, en la selva Lacandona, un día de octubre o noviembre de 2022. Estuvo un tiempo disponible en una plataforma de videohome, Canela TV, y después llegó a alimentar la parrilla de Cinelatino, un canal de televisión por cable. Nadie en la selva tenía una copia de la cinta, aunque muchos decían que la habían visto. La idea de un lacandón con su propia película alimentaba una leyenda un tanto estrambótica. En un mundo digital, de historias omnipresentes, el Cabra era el reverso tenebroso del éxito empresarial. Atraía lo mismo que repelía. “¿Sabes quién soy yo?”Desde las 19.00, diferentes convoyes del Ejército de tierra acuden presurosos al lugar del incidente. Lo hacen desde el sur, de bases distintas, y de una manera bastante desordenada. Las comunicaciones son difíciles en la selva, no hay señal y algunos de los mandos tienen que ir parando en tiendas, donde compran fichas para tener internet. Los primeros en llegar vienen de la comunidad de Frontera Corozal, una de las tres más importantes de la zona lacandona, junto a Nueva Palestina y Lacanjá Chansayab, muy cerca de donde vive el Cabra. Son solo seis militares en una Humvee y, por lo que ellos mismos contarán después, sus órdenes son simplemente llegar al poblado mencionado antes, “Crucero San Javier”, por un “alertamiento aéreo”. Nada más. Poco después de las 20.00, los militares se acercan al lugar. No tardan mucho en descubrir que se trata de una trampa. El ruido de los helicópteros se deja sentir en la carretera. A dos kilómetros de que alcancen Crucero San Javier, junto a una estación eléctrica, los militares de la Humvee ven 15 vehículos estacionados a un costado de la vía. Enseguida, los 15 empiezan a seguirlos. La Humvee avanza y, cuando llegan a Crucero San Javier, ven un montón de gente, entre ellos policías de la Fiscalía estatal. La Humvee se detiene, intercambian unas palabras con los agentes. “Nos dicen que sigamos porque nos andan siguiendo”, explicará después uno de los soldados. Ellos hacen caso, continúan, un poco por inercia, porque en realidad su objetivo es llegar donde han llegado, Crucero San Javier. Pero en ese lugar no hay nadie de los suyos, solo el ruido del helicóptero y una amenaza creciente. Es difícil comprender qué está pasando, pero si algo han entendido, si algo intuyen, es que es mejor moverse de allí. La Humvee circula unos minutos más. No saben a dónde van: escapar se impone. Pero la retirada termina enseguida, cuando una patrulla de la “policía de San Javier” se cruza sobre la carretera y les cierra el paso. La Humvee se detiene. Los 15 vehículos que les seguían les alcanzan. Se bajan más de 30 personas y se les acercan. Les rodean, amenazantes, y entonces uno de ellos, con su playera desgastada, sus bermudas y sus chanclas baratas, habla. Es el Cabra. Solo hace una pregunta, el resto de lo que sale por su boca son órdenes. La pregunta refiere al mando de los soldados, quién manda. El sargento que lidera al pelotón se identifica. El Cabra lo mira. No hay forma de saber si hay desprecio, rabia o simple molestia en sus ojos. Enseguida, le ordena que vuelvan al crucero, que los van a meter en el “chicle”, una cárcel comunitaria. Superados en número, los militares obedecen. En Crucero San Javier, el intercambio continúa brevemente. El Cabra le ordena al sargento que llame a sus superiores y les diga que retiren los helicópteros de allí. Le molestan. Aprovechando que hay señal, el sargento accede. El Cabra dispone también que entreguen sus armas, a lo que el sargento y sus hombres se niegan. No importa: la gente del Cabra somete al mando fácilmente. Le dan un par de golpes, lo sujetan y le quitan el fusil y el portafusil. Los otros, adoctrinados, dejan sus armas en el piso. Los militares quedan retenidos por una multitud que engorda. El Cabra sube a un coche y se va. Tiene otro frente abierto con los fardos que el helicóptero está por llevarse. La situación se complica todavía más. Otro contingente de militares, que ignora todo lo que está pasando, se acerca a Crucero San Javier. Vienen desde Benemérito de las Américas, más allá de Frontera Corozal. Son 22, circulan en dos vehículos y están bajo las órdenes de un teniente coronel, comandante del cuartel más grande de esa zona. Igual que los de Frontera Corozal, acuden a San Javier por el alertamiento aéreo. Son pasadas las 20.30 cuando los 22 llegan al crucero, donde una multitud creciente retiene a sus seis compañeros. Hay gritos, juramentos. La oscuridad, la sensación de poder, alimenta un cambio progresivo. La gente ya no es gente: es una turba. Cuando los dos vehículos llegan a Crucero San Javier, un Nissan Versa se les cruza en la carretera. Ya no saldrán de allí. Para ese momento, los fardos de cocaína del Cabra vuelan en helicóptero camino a la base de Tenosique, sede de la jefatura del Ejército en esa zona del sur de México. Excitadísima, la gente del Cabra quiere resarcirse. Gritan a los militares recién llegados que no son bienvenidos, que ya lo saben, que allí se rigen por sus “usos y costumbres” y que no hay ejército que valga. Los obligan a que orillen los vehículos e insisten en que bajen y se desarmen. El teniente coronel trata de razonar. Les miente. Les dice que solo iban de paso, pero los otros no escuchan. Les golpean, les desarman. Alguno de los militares sometidos cuenta y dice que los otros son más de 90. Desde luego, 22 militares entrenados y armados podrían imponerse, pero sería una locura. Igual, si disparasen al aire un par de veces, la turba podría dispersarse. Pero, ¿y si no?
El intercambio de Cabrero Segundo
En 2022, traficantes de la zona lacandona, en el sur de México, consiguieron un trato insólito con el Ejército, la devolución de 100 kilos de cocaína a cambio de 33 militares que tenían secuestrados. EL PAÍS reconstruye el episodio, una ventana, en realidad, a un conflicto de 50 años en una de las joyas naturales de Norteamérica













