Esta es una entrega de la newsletter semanal de México, que puede seguirse gratuitamente en este enlace.¿Cómo un buscavidas lacandón, que durante mucho tiempo no tuvo más patrimonio que un machete, llegó a hacer fortuna traficando drogas y personas, sin que nadie hiciera nada por evitarlo? ¿Cómo este expolicía estatal construyó dos pistas de aterrizaje en la selva de Chiapas, una de ellas reconvertida en la zona arqueológica de Bonampak, la antigua ciudad maya, que pasó de recibir a peritos arqueólogos a fajos de cocaína? Cabrero Segundo López es el protagonista de esta historia, que culmina con 33 militares secuestrados por El Cabra intercambiados por la devolución de 100 kilos de cocaína incautada. Esta investigación de mi compañero Pablo Ferri, de varios meses de trabajo, incluyó visitas a la zona, más de una docena de entrevistas y lecturas de expedientes judiciales. Los vecinos cuentan que al principio Cabrera se ganaba la vida cortando una palma usada de decoración llamada xate, que vendía al peso. Pero llegó una detención por llevar un arma sin licencia, luego tres años por la policía de Chiapas. Y a partir de 2015, con 32 años, se dedicó a construir un imperio criminal en la selva fronteriza con Guatemala, sometiendo a la policía, a la fiscalía y hasta al Ejército. Mi compañero me cuenta que le fascina “el hecho de que un personaje como el Cabra acaparara tal cantidad de poder, durante tanto tiempo, sin que absolutamente nadie hiciera nada”. Y además, que “fue un reto interesante, porque partíamos de la idea extraordinaria de que el Ejército había hincado la rodilla ante un grupo criminal, en aras de evitar males mayores”.Es la historia de cómo crece y funciona el tráfico de drogas y migrantes al calor de la corrupción, la impunidad y la fragilidad de las instituciones. Pero también de los complejos y viejos conflictos del sur de Chiapas, una maraña de violencias donde se confunden poderes políticos, económicos, grupos armados y, en los últimos años, el crimen organizado. El origen es el control del territorio y los recursos naturales, como la reserva de la biosfera Montes Azules, una de las joyas naturales de Norteamérica. Detrás de esa maraña está el reparto de tierras entre las distintas etnias –lacandones, choles y tzeltales, principalmente–, y la aparición de intereses casi siempre de fuera de las comunidades que acaban derivando en los llamados grupos de choque. Esos mismos grupos de choque al servicio de diferentes grupos políticos o económicos terminaron formando parte del grupo del Cabra, convertido, hasta su detención el año pasado, en el principal líder criminal de la selva Lacandona. Tan poderoso en su tierra que hasta mandó convertir su vida en una película, más estrafalaria que épica.