La corriente de un río puede convertirse en el testigo más brutal de una matanza cuando los cuerpos empiezan a acumularse sobre el agua y desaparece cualquier posibilidad de refugio. Eso fue lo que ocurrió en Caonao en 1513, durante una acción que dejó una huella profunda en quienes la presenciaron.
La violencia ejercida contra un grupo que había acudido con ofrendas y cantos mostró hasta dónde podían llegar los abusos de la conquista y convirtió aquel episodio en un episodio habitual para quienes denunciaron el trato recibido por los pueblos indígenas. También dejó una pregunta sobre la responsabilidad moral de quienes contemplaban aquellos hechos y decidían qué hacer después.
Bartolomé de las Casas cambió tras ver aquella violencia
Bartolomé de las Casas fue uno de esos testigos. El fraile había llegado a las Indias en 1502, siendo todavía muy joven, y durante años siguió una trayectoria parecida a la de otros colonos españoles. Participó en la conquista de Cuba y obtuvo una encomienda. Sin embargo, la matanza ocurrida cerca del río Caonao alteró su manera de ver la realidad. Años después recordaría cómo un soldado arrebató a un niño de los brazos de su madre y lo lanzó contra unas peñas. Aquella imagen, según sus propios relatos, le acompañó el resto de su vida.











