En 1528, un hombre originario de Marruecos llegó a la costa de lo que hoy es Texas más muerto que vivo.
Había pasado el mes anterior a la deriva en el Golfo de México junto a un grupo de marineros españoles, a bordo de una precaria balsa improvisada con troncos de árboles, piel de caballo y los restos de sus ropas desgarradas.
Cuando una tormenta dejó varados a los náufragos en una isla barrera cerca de Galveston, se convirtieron involuntariamente en las primeras personas del Viejo Mundo en adentrarse en el Oeste norteamericano; y al hacerlo, todos ellos estaban hambrientos, exhaustos y desnudos.
En las semanas siguientes, los sobrevivientes del naufragio comenzaron a morir uno a uno.
Muchos sucumbieron al hambre, otros a las inclemencias del tiempo y algunos a los ataques de tribus indígenas.









