El 28 de febrero, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos e Israel lanzaron una arriesgada campaña militar contra Irán con el objetivo declarado de tumbar al régimen islámico, eliminar de una vez por todas su programa nuclear y acabar con la capacidad de amenaza de sus milicias aliadas en la región. Envalentonado por una operación veloz y exitosa en Venezuela en enero, cuando secuestró en una noche al dictador Nicolás Maduro, el presidente Donald Trump prometió al pueblo estadounidense que esta iba a ser una nueva “excursión” de “cuatro o cinco semanas” de duración. A finales de marzo, cuando se cumplió el plazo, dijo que le iba a llevar “quizá dos semanas más terminar el trabajo”. Desde entonces, Trump ha declarado por activa y por pasiva que el Pentágono ha salido victorioso, a pesar de que la realidad sobre el terreno muestra un paisaje muy distinto.Seis meses después de los bombardeos que eliminaron al ayatolá y líder supremo iraní Ali Jamenei, el régimen sigue en pie, bajo el mando de su hijo Mojtaba, y fortalecido gracias a su capacidad de resistencia frente a dos de los ejércitos más poderosos del mundo. Su bloqueo efectivo del estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra circulaba una quinta parte del comercio de crudo mundial, se ha demostrado una estrategia de presión exitosa contra Washington, que ni ha logrado cumplir sus objetivos iniciales ni puede permitirse que el enemigo controle un cuello de botella tan crítico en la región.Lee tambiénUn frágil alto el fuego acordado en abril y prorrogado en junio en forma de memorándum de entendimiento sigue en teoría vigente, aunque el documento ha expirado y ha sido incumplido repetidamente por ambas partes. Teherán ha seguido atacando buques que circulan a través de Ormuz, así como bases estadounidenses en el Golfo Pérsico, mientras que Washington ha respondido a esas agresiones reimponiendo su bloqueo naval sobre los puertos iraníes y con bombardeos contra infraestructura militar y civil en el país persa.Fiel a su estilo hiperbólico, y frustrado por un conflicto que se posterga sin un fin a la vista, Trump ha amenazado repetidamente con extinguir “toda una civilización” en una noche, con el “mayor ataque desde la Segunda Guerra Mundial” o con “devolver a Irán a la Edad de Piedra”. Sin embargo, ha dado marcha atrás en cada ocasión, y no solo por el temor a unas consecuencias imprevisibles, también porque el conflicto está agotando una parte importante del arsenal del Pentágono.El Secretario de Defensa, Pete Hegseth, comunicó en julio al Senado el coste estimado de la guerra: 37.800 millones de dólares. Sin embargo, estimaciones independientes de reconocidos centros como el Center for Strategic and International Studies (CSIS), sitúan el desembolso por encima de los 100.000 millones. El Pentágono ha solicitado al Congreso financiación adicional de 73.000 millones de dólares para seguir con la operación, una petición que fue aprobada por la mínima en la Cámara de Representantes (216 a 214), pero sigue estancada en el Senado.La solicitud del Pentágono de 73.000 millones de dólares para financiar la guerra sigue estancada en el SenadoPero el coste no es solo económico: también político y militar. Según revelaron fuentes del Departamento de Defensa a medios estadounidenses, y negó el Pentágono en público, ya se han utilizado “prácticamente todos” los misiles de largo alcance de alta precisión en Irán y también se están agotando los interceptores de misiles en la región, por lo que EE.UU. ha tenido que transportar más municiones desde otras partes del mundo, además de los 30 buques militares desplegados en el Golfo. Esta situación no solo preocupa en Washington, también en las capitales de sus países aliados, como Kyiv, que lleva tiempo pidiendo más misiles Patriot, o Seúl, donde Washington ha reducido sus ejercicios militares conjuntos, incluido un desembarco anfibio previsto para septiembre.Durante la guerra, han fallecido 18 soldados estadounidenses y al menos otros 624 han resultado heridos, según la última actualización oficial, del 4 de agosto, aunque la transparencia del Pentágono también ha sido puesta en duda en ese ámbito. Además, se han reportado condiciones de vida insanas en algunos de los portaaviones desplegados en la región, como el USS Abraham Lincoln, que tras la polémica fue retirado y sustituido por el USS George Washington, que ya se encuentra en Oriente Medio.La combinación de elevados costes y objetivos fallidos es un cóctel que podría tener graves consecuencias políticas para Trump y el Partido Republicano, que busca mantener su control de las dos cámaras del Congreso en las próximas elecciones legislativas de mitad de mandato, que tendrán lugar en poco más de dos meses, el 3 de noviembre. Por este y otros motivos, los índices de aprobación popular de Trump han caído al nivel más bajo de su década en política, mientras que tan solo el 31% de los estadounidenses apoya la acción militar contra Irán, según la encuesta más reciente de Reuters e Ipsos.Lee tambiénTras el fracaso de la campaña militar y también de la interrumpida diplomacia, con la que se ha generado una gran desconfianza mutua, EE.UU. ha cambiado esta semana su estrategia a una guerra económica total. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció el lunes una nueva ronda de sanciones contra todos los países que se nieguen a cortar sus vínculos formales e informales con Irán. En un tono amenazante, advirtió por igual a aliados y adversarios, incluida China, con represalias que los expondrán “al alcance de todo el poder estadounidense”.El objetivo de este renovado frente económico es aislar al régimen, eliminando todo tipo de fuentes de ingresos, especialmente por la exportación clandestina de petróleo. Sin embargo, como ha ocurrido con muchas de las amenazas militares de Trump, este asedio económico sigue de momento en el terreno de la advertencia. “No queremos quebrar el sistema financiero mundial”, se justificó Bessent, al ser preguntado por qué no había activado ya las sanciones secundarias. Dijo que el objetivo era “dar tiempo” a que los países “facilitadores” del régimen iraní recapaciten. “No voy a establecer plazos, pero aquí no tenemos una paciencia infinita”, concluyó: “El reloj ha empezado a correr”.