Cinco meses han pasado desde que Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación Furia Épica. Una ofensiva que, según el presidente estadounidense, Donald Trump, serviría para desmantelar el programa nuclear iraní y precipitar la caída del régimen de los ayatolás. Más de 150 días después de que las primeras bombas cayeran en Irán, ninguno de esos objetivos se ha cumplido. En su lugar, la guerra se ha transformado en un conflicto de desgaste que ha multiplicado los costes militares, económicos y políticos para Washington. El pasado mes de junio, cuando Teherán y Washington firmaron el memorando de entendimiento que contemplaba un alto el fuego y abría la puerta a un proceso de reconstrucción de Irán con financiación estadounidense, parecía ser, al menos sobre el papel, la capitulación de Washington. El acuerdo suponía un importante cambio de rumbo respecto a los objetivos con los que la Casa Blanca había justificado la intervención, ya que el programa nuclear iraní no ha sido eliminado y el Gobierno de los ayatolás ha salido más fortalecido de lo que antes de la guerra estaba. La tregua, sin embargo, apenas duró unas semanas. Los ataques entre ambos países se reanudaron. Estados Unidos atacó Irán como respuesta a varios ataques iraníes contra barcos en el estrecho de Ormuz. Desde entonces, los intercambios de fuego entre EEUU e Irán, teniendo este último como objetivo las bases militares desplegadas en la región. Cinco meses después del inicio de la operación, las cifras empiezan a ofrecer una imagen más clara de lo que está suponiendo la guerra. Miles de millones de dólares comprometidos, 17 soldados estadounidenses muertos, un rechazo histórico de la opinión pública en Estados Unidos y cada vez más daños que impactan directamente en el comercio y en las infraestructuras básicas de la región, que también han sido blancos de los ataques. El coste económico La guerra de Estados Unidos contra Irán ha costado ya 37.500 millones de dólares, según ha reconocido esta semana el secretario de Defensa, Pete Hegseth, durante su comparecencia ante el Congreso. La cifra supone un incremento de 8.500 millones respecto a la estimación de principios de mayo, cuando el Pentágono calculaba el coste del conflicto en unos 29.000 millones de dólares. Pese a ese aumento, Hegseth advirtió de que los recursos actuales son insuficientes para sostener la guerra y reclamó al Congreso una nueva inyección de fondos de 1,5 billones de dólares para Defensa en 2027 y cerca de 70.000 millones de dólares adicionales para seguir financiando las "operaciones" en Irán. Esta inyección ha salido adelante después de que la Cámara de Representantes aprobara el proyecto de ley y diera luz verde a una resolución presupuestaria que permitirá, además, tramitar 73.000 millones de dólares adicionales para el Pentágono y las agencias de inteligencia, destinados principalmente a cubrir los costes de la guerra. Ambas iniciativas salieron adelante gracias al apoyo de la mayoría republicana, mientras que los demócratas votaron en bloque en contra al acusar a la Administración Trump de ampliar la intervención militar sin ningún tipo de control. El coste humano El pasado fin de semana, la ofensiva iraní volvió a golpear a las fuerzas estadounidenses desplegadas en Oriente Medio. Un ataque con misiles balísticos contra la base aérea de Muwaffaq Salti, en Jordania, causó la muerte de dos militares estadounidenses y dejó a otro desaparecido. Horas después, un tercer soldado falleció en el norte de Irak mientras participaba en la detonación controlada de un dron iraní previamente derribado, al ser alcanzado por fragmentos de la explosión. Estas últimas muertas hicieron que la cifra de las bajas estadounidenses ascendiera a 18 (contando aquí al militar desaparecido). Sin embargo, ese mismo recuento ha cambiado en apenas 24 horas, ya que el Pentágono decidió reducir la cifra a 14 al considerar que estos últimos murieron después del alto el fuego estipulado en el memorando de entendimiento, según ha publicado, por lo que no se considera oficialmente que murieron en la guerra. El Pentágono, por su parte, asegura que esta nueva cifra se debe, más bien, a un "problema temporal" en la actualización de los datos. Hasta el momento, las mayores bajas se concentran en los primeros compases de la guerra. La jornada más mortífera fue la del 1 de marzo, cuando siete militares del 103.° Mando de Sostenimiento de la Reserva del Ejército murieron en un ataque contra la base de Port Shuaiba, en Kuwait. Días después falleció un sargento destinado en la base aérea Prince Sultan, en Arabia Saudí, y el 12 de marzo un nuevo ataque iraní contra una instalación militar en Irak acabó con la vida de cinco miembros de la Fuerza Aérea, tanto del servicio activo como de la Guardia Nacional Aérea. En cuanto a los heridos, los datos del Pentágono muestran que al menos 417 militares han resultado heridos. Sin embargo, desde el colapso del alto el fuego, el Pentágono apenas ha ofrecido información sobre la evolución de la campaña y continúa sin detallar el número total de heridos, una política que ha alimentado las críticas por la falta de transparencia sobre las víctimas de la guerra. El Comando Central de Estados Unidos defiende, además, que no está obligado a informar sobre militares heridos, especialmente cuando estos se recuperan en un corto periodo de tiempo y regresan al servicio militar. Argumenta que revelar esa información "podría ayudar" a que Irán "ajustara con mayor precisión sus mortales ataques" contra las bases de EEUU en la región, según defendió un funcionario al NYT. La impopularidad de la guerra A seis meses de las elecciones legislativas de mitad de mandato, las encuestas muestran un claro rechazo a la guerra en Irán. Una encuesta publicada por The Economist y YouGov Poll —realizada entre el 29 de mayo y el 1 de junio— sostiene que apenas un 30% de los estadounidenses respaldan la decisión de seguir en la guerra. Además, casi uno de cada dos encuestados (49 %) asegura oponerse firmemente a la intervención, mientras que solo un 15% la apoya. El rechazo es especialmente contundente entre los jóvenes menores de 30 años (68 %), la población negra (79 %) y los demócratas (90 %). Según otro análisis donde se han tenido en cuenta 153 encuestas realizadas sobre las siete grandes guerras, la de Irán ya se ha convertido en la que cuenta con el menor nivel de apoyo ciudadano de la historia reciente de Estados Unidos. Esta ha sido la primera guerra que comenzó con un saldo neto de apoyo negativo (-13%), lo que significa que desde el inicio de la Operación Furia Épica hubo más estadounidenses en contra de la intervención que a favor. Lejos de mejorar, el respaldo ciudadano ha ido deteriorándose. Los sondeos publicados en junio sitúan el apoyo neto en el -32% —resultado de restar el porcentaje de ciudadanos que apoyan la guerra al de quienes se oponen—. Este nivel de rechazo supera incluso al registrado durante la última etapa de la guerra de Vietnam (-31%), considerada hasta ahora el conflicto con menos apoyo por parte de la ciudadanía. El estudio concluye, además, que esta ha sido la primera guerra librada por Estados Unidos que se ha llevado a cabo sin contar con el respaldo mayoritario de la opinión pública. Ataques a buques El impacto más visible se ha producido sobre el transporte marítimo. Los sucesivos cierres y reaperturas parciales del estrecho de Ormuz, un corredor por el que antes de la guerra transitaba alrededor del 20% del petróleo comercializado en el mundo, han alterado el tráfico de mercancías y el suministro energético global. La Organización Marítima Internacional (OMI) ha confirmado 46 ataques contra buques comerciales en esta ruta desde el inicio de la guerra. A ellos se suman dos ataques confirmados contra petroleros saudíes en el estrecho de Bab el-Mandeb —otra arteria marítima por donde pasaba entre el 10% y el 12% del comercio mundial—, además de varios intentos de bloqueo de buques saudíes por parte de los hutíes, aliados de Irán en la región. Los hutíes han justificado su campaña contra el tráfico marítimo bajo el lema "bloqueo por bloqueo", argumentando que responde al supuesto cerco impuesto por Arabia Saudí desde el inicio de la guerra. En las últimas semanas, el grupo ha emitido advertencias por radio a los buques mercantes para que eviten las rutas vinculadas a intereses saudíes, elevando el riesgo para la navegación en el mar Rojo y los accesos al estrecho de Bab el-Mandeb. TE PUEDE INTERESAR La creciente inseguridad en estos corredores marítimos ha obligado a numerosas navieras a desviar sus rutas o retrasar el tránsito de sus embarcaciones, con el consiguiente aumento de los costes logísticos. La interrupción del tráfico en estas vías ha alimentado la presión sobre los mercados internacionales, contribuyendo a que el precio del petróleo se sitúe en torno a los 100 dólares por barril, nivel alcanzado este viernes. Daños en infraestructuras críticas La ofensiva, sin embargo, ha ido mucho más allá del tráfico marítimo. Los ataques se han extendido a refinerías, plantas de gas e instalaciones energéticas, con una estimación de entre 20 y 30 objetivos alcanzados, además de 15 a 25 puentes, túneles e infraestructuras ferroviarias, claves para el transporte de mercancías y suministros militares. También se han registrado entre tres y seis ataques contra plantas desalinizadoras y de tratamiento de agua, vitales para la población. En territorio iraní tampoco existe un balance oficial sobre los daños en infraestructuras civiles y económicas. Las estimaciones elaboradas a partir de comunicados militares de Estados Unidos e Israel, del seguimiento realizado por el Institute for the Study of War (ISW) y el Critical Threats Project del American Enterprise Institute, así como de medios especializados en defensa y fuentes de inteligencia de acceso abierto (OSINT), apuntan a entre 15 y 20 ataques contra refinerías, plantas de gas, depósitos de combustible y subestaciones eléctricas desde el inicio de la guerra. TE PUEDE INTERESAR A ello se sumarían ataques a infraestructuras esenciales para el funcionamiento del país. Las mismas fuentes apuntan entre 10 y 20 ataques contra puentes, túneles y otros nodos logísticos, entre dos y cuatro ofensivas contra plantas desalinizadoras e instalaciones de suministro de agua y más de una decena de ataques contra centros de datos y redes de telecomunicaciones.
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