Iba a durar un par de semanas y ya lleva cinco meses. La históricamente impopular guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán no ha culminado en victoria ni en derrota, pero tampoco en paz. Tras matar al líder supremo iraní en los primeros ataques, ha habido varios altos al fuego rotos y un estrecho de Ormuz que se cierra y se abre.

Aunque en EEUU los daños puedan parecer lejanos, las secuelas para los votantes entrevistados por The Guardian se sienten en el surtidor de gasolina, en la factura de la compra, y en una llamada telefónica donde un cónyuge recibe el aviso de incorporación a filas con un día de antelación. En un país que todavía asimila las secuelas de la guerra israelí contra Gaza, financiada por EEUU con miles de millones de dólares, la guerra contra Irán se suma a un debate ya candente sobre la utilidad del poder de Washington.