Iban a ser tres semanas pero se cumplen ya tres meses. Lo que Estados Unidos e Israel pensaron iba a ser poco menos que un ataque relámpago con el que derrumbar el régimen iraní de los ayatolás y con el que rediseñar el equilibrio de fuerzas en Oriente Próximo se ha convertido en un conflicto que ha convertido la capacidad de resistencia de Teherán en un shock energético de alcance planetario. La guerra en Irán dura ya tres meses, aunque de ellos más de siete semanas han sido de tregua y, pese a la aproximación de posturas que podría anticipar un acuerdo inminente, su resolución continúa siendo muy incierta. El bloqueo del estrecho de Ormuz, la gran baza en la que Irán ha centrado una resistencia casi tan persuasiva como un programa nuclear, mantiene el precio del petróleo un 50% más caro que antes de la guerra y agrava cada día que pasa el impacto negativo sobre la inflación y el crecimiento. El balance total de daños que el conflicto tendrá sobre la economía va a depender de en qué momento se hace efectiva la tan esperada reapertura del estrecho. Es el mantra que desde el primer día de bombardeos sobre Irán han repetido analistas y gestores, mientras a medida que pasaba el tiempo —primero las semanas y después los meses— han ido ajustando a la baja sus previsiones de crecimiento y al alza las de inflación hasta llegar al final de mayo, para cuando muchos esperaban que se hubiera alcanzado el delicado acuerdo. Junio se convierte ahora en la última frontera. El mes durante el que instituciones económicas y analistas confían en que los barcos puedan salir del Estrecho y se evite así que el escenario más adverso se convierta en realidad. Si el bloqueo se adentrara en el verano se estaría atravesando la línea roja que separa el impacto puntual y asumible del conflicto —la hipótesis mayoritaria hasta ahora— de un daño a mayor escala que lleve a la recesión, y con un precio del petróleo aún más caro. “El sistema no puede sostener indefinidamente la disrupción en un nodo crítico sin forzar algún tipo de ajuste. Es decir, no descontamos un acuerdo de paz, sino recuperar una funcionalidad suficiente. En ese sentido, junio aparece como la primera ventana razonable para que esa normalización se produzca, más por necesidad sistémica que por señales diplomáticas especialmente claras”, añade Eduardo García Castro, economista experto de Mapfre Economics.Hay un motivo por el que junio es clave, y es que las reservas de petróleo y sus derivados han llegado a niveles críticos. Hasta ahora, la liberación de esas reservas por parte de los países consumidores ha permitido compensar parte de la caída del suministro procedente del golfo Pérsico. Pero si ese suministro no se restableciera en las próximas semanas, los expertos advierten de forma unánime de que el crudo será más caro este verano y el resto del año, rebasando incluso el pico cercano a los 120 dólares el barril brent registrado en marzo y en abril. Las reservas estratégicas de petróleo caerían a niveles inquietantes, en los que los gobiernos se apresurarían a reabastecerse provocando así una carrera por comprar el crudo disponible a precios aún más caros. Nabil Milali, gestor en Edmond de Rothschild AM, indicaba el jueves que “el punto de inflexión ya se ha alcanzado para el mercado petrolero. A partir de ahora —incluso si el Estrecho se reabriera hoy mismo— no sería suficiente para evitar que las reservas globales de crudo sigan disminuyendo en los próximos meses, acercándose a niveles críticos muy próximos al mínimo necesario para que el sistema continúe operando con normalidad". La paz urge para evitar que el coste de la energía se desborde en el inicio del verano. Si no, con un petróleo y un combustible para vehículos y aviones por las nubes, la alternativa será viajar menos, consumir menos, menores beneficios empresariales... En definitiva, un evidente menor crecimiento económico, cuando no una recesión.“Si la disrupción se prolonga hasta julio, aumentan las probabilidades de que se produzcan ajustes en cantidades (destrucción de demanda), especialmente en sectores intensivos en energía o en logística, lo que eleva el riesgo de que la desaceleración derive en un entorno más contractivo en la segunda mitad del año”, apunta García Castro.La Bolsa mira hacia otro ladoAunque pueda parecer sorprendente, los mercados bursátiles han permanecido ajenos a esa amenaza, confiados aún en una solución al conflicto en las próximas semanas y, sobre todo, deslumbrados por el potencial de la inteligencia artificial y los apabullantes beneficios de las empresas tecnológicas. “Los inversores seguirán pasando por alto el conflicto mientras exista la expectativa de un acuerdo. Sin embargo, si la guerra se reanudara o si el cierre del Estrecho se prolongara hasta que los inventarios globales alcanzaran su mínimo operativo, el impacto negativo sobre los mercados de renta variable podría ser considerablemente mayor”, apunta Milali. De momento, las alarmas solo han saltado en el mercado de renta fija, que sí anticipa el grave deterioro que puede traer la prolongación de la guerra. Más inflación que fuerce alzas de tipos de interés y más déficit público en EE UU para afrontar el gasto militar, factores ambos que están elevando las rentabilidades de los bonos —el de 30 años de EE UU ha marcado máximos de 2007— y que pueden acabar siendo detonante para una corrección bursátil. Goldman Sachs maneja un escenario en que las exportaciones a través de Ormuz se normalizan a finales de junio, permitiendo un aumento gradual del suministro energético, y acaba de elevar su previsión para el S&P 500 a los 8.000 puntos a fin de año ante la solidez de la campaña de resultados. Aun así, el gigante estadounidense cree que el alza de rentabilidad de los bonos podría llegar a ser detonante para una corrección y advierte que “los riesgos a la baja para las perspectivas económicas también amenazan con crear las condiciones de endurecimiento de la política monetaria y de decepciones en el crecimiento que han caracterizado el final de mercados sobrevalorados en el pasado”. Junio, ventana de oportunidadA ambas partes, Irán y EE UU, les urge cada vez más alcanzar un acuerdo: a Teherán para garantizar la supervivencia del régimen mientras su economía se hunde por las sanciones y las limitaciones para exportar crudo y a Washington para frenar el impacto del conflicto en los bolsillo de sus ciudadanos, que están pagando la gasolina al precio más alto desde 2022, el 50% más cara que antes de la guerra. “Trump ha cometido un gran error de cálculo con Irán, que ha demostrado tener en el control de Ormuz un arma poderosísima. Y EE UU este año afronta las elecciones legislativas de mitad de mandato, Trump puede tensar demasiado la cuerda si el conflicto se alarga durante el verano”, resume María Romero, analista de AFI. De hecho, el índice de popularidad del presidente estadounidense que refleja la última encuesta realizada por The Economist arroja el peor dato de su segundo mandato, muy por debajo del registrado en este primer período en su primer mandato o del mandato de Joe Biden, en cuya derrota tuvo mucho que ver el aumento del coste de la vida. Además, el próximo 4 de julio EE UU celebra el 250 aniversario de su Declaración de Independencia, “un momento al que Trump bien podría aspirar a llegar con algún tipo de acuerdo de paz con Irán”, según apunta Romero. El escenario base de AFI pasa por el fin del conflicto en las próximas dos o tres semanas, lo que aun así dejará una inflación en la zona euro superior al 3% este año —con dos subidas de tipos del BCE— y un PIB que crecería tan solo el 0,4%, al límite de la recesión, según sus cálculos. En su escenario adverso, sin un acuerdo de paz en junio, el conflicto se extendería a septiembre y podría desbordar la inflación europea más allá del 4% y contraer de forma evidente la economía. Cuanto más dure la guerra en Irán —y con ello el bloqueo de Ormuz, puesto que el Estrecho es parte indisoluble de las negociaciones— más apuros van a pasar los bancos centrales ante el dilema de a qué dar prioridad, si a la inflación o al crecimiento. Y si el acuerdo de paz no llega en junio, habrá más motivos para un petróleo más caro y para esperar más inflación y, por tanto, más alzas de tipos. Al menos en la zona euro, donde el BCE tiene el mandato único de la estabilidad de precios, no un mandato dual de control de la inflación y fomento del empleo como el de la Reserva Federal. El BCE se reunirá el próximo 11 de junio y se espera que suba los tipos en 25 puntos básicos, en la que sería la primera alza de las dos o tres que espera el mercado.El BCE anunciará también sus nuevas previsiones económicas y previsiblemente revisará al alza su estimación de inflación para este año —calculaba el 2,6% en marzo— y a la baja su previsión de crecimiento —un alza del PIB del 0,9% anunciado en marzo—. La firma británica Schroders ya avanza que la inflación en la zona euro subirá este año al 2,9% y que el crecimiento encogerá al 0,7% (desde el 1,7% de su estimación anterior). “Las repercusiones del conflicto ya han añadido alrededor de un punto porcentual a la inflación mundial, y cuanto más persista la crisis, mayor será el riesgo de que el aumento de la inflación se consolide”, señala David Rees, director de Economía Global de Schroders, para quien el daño ya causado por el encarecimiento de las materias primas y las disrupciones en las cadenas de suministro “parece haber desplazado a la economía mundial hacia una dirección estanflacionaria que, al parecer, los mercados no han descontado por completo”. El daño a la economía puede ir a peor si Ormuz no abre en junio pero el perjuicio ya está ahí. Y ni en ese caso el petróleo volverá al nivel previo a la guerra, ante la necesidad de los gobiernos de reconstruir con relativa rapidez sus reservas estratégicas, más aún cuando la estabilidad geopolítica en la zona ha quedado tan en entredicho. Además, crudo y gas no volverían a circular con la misma intensidad por el golfo Pérsico hasta dentro de varios meses, el tiempo necesario para resolver el tapón logístico que tiene atrapados en la zona a cientos de buques y para poner en funcionamiento instalaciones energéticas que se han visto forzadas a parar o que han sufrido daños materiales en el conflicto. “Ormuz no va a ser lo que era, no volveremos a la casilla de salida, va a quedar una prima de riesgo. Todo lo que transita por la zona será más costoso”, avanza María Romero. “Si en las próximas semanas se alcanza un acuerdo firme, es probable que el impacto de la crisis energética se contenga“, añaden Carlo Capuano y Eiko Sievert, analistas del sector público y soberano de Scope Ratings. Aunque la firma ya anticipa un petróleo de media en los 100 dólares el barril en 2026 y algo más barato en 2027, por encima en todo caso de los niveles previos al conflicto.
Junio, el momento de la verdad para la economía y los mercados ante la guerra en Irán
Los tres meses de cierre de Ormuz han llevado el suministro de petróleo y combustibles al límite, y presionan para una reapertura efectiva que devuelva cierta normalidad y evite la recesión













