Lo que prometía ser una intervención quirúrgica de resolución rápida en febrero pasado, se transformó en un conflicto de desgaste que desafía todas las previsiones de la Casa Blanca. La guerra entre Estados Unidos e Irán no solo no ha terminado, sino que se encuentra en una etapa de peligrosa incertidumbre, con una escalada que amenaza la estabilidad global y, particularmente, la economía doméstica estadounidense. El 28 de este mes se cumplen seis meses desde el inicio de las hostilidades. El enorme desgaste militar, logístico y político sufrido por Washington hizo que temas de seguridad nacional, anteriormente considerados secundarios, como los niveles de municiones, la contratación de defensa y el reabastecimiento en el mar, generen fricciones en las conversaciones cotidianas de la Casa Blanca. La Armada es el foco principal y la rama militar más afectada, con despliegues prolongados que ponen a prueba tanto a los buques como al personal militar y sus familias. Según estimaciones del Departamento de Defensa, el costo de la guerra ya asciende a 29.000 millones de dólares. Esta cifra representa un incremento del 16% respecto a las proyecciones iniciales, impulsado por el incesante reemplazo de equipamiento militar y el mantenimiento de una presencia constante en la región.
A seis meses del inicio de la guerra, Trump apuesta ahora por el colapso financiero de Irán
Con un gasto superior a los 29.000 millones de dólares y un severo desgaste en sus reservas militares, Estados Unidos abandona la idea de una campaña rápida y suspende los canales de diálogo. La nueva estrategia es aplicar un cerco económico total sobre la República Islámica, con la ayuda de sus aliados globales. Esto implica el bloqueo total de sus transacciones, comercio petrolero, mercados de divisas y redes de transporte marítimo. El régimen iraní, en tanto, consolida una “economía de la resistencia” frente a la crisis y a la inflación galopante que afronta.













