0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEl símbolo más representativo de la sociedad de la opulencia es la alta gastronomía. Coloca a los chefs en un pedestal y los convierte en líderes culturales. La gastronomía triunfa impulsada por la ética del placer. Desde hace décadas, la primera obsesión de los occidentales es pasarlo bien. No nos basta con una vida segura, equilibrada y sana. Queremos que sea seductora, espectacular, deliciosa, confortabilísima. Prensa, redes y publicidad insisten en que nuestro primer objetivo vital debe ser la felicidad, identificada con los placeres. Y no hay fábrica de placeres más potente que la comida. Miquel Gonzalez/ShootingEn el éxito de la gastronomía ha colaborado una creencia que todo el mundo parece compartir: vivir es coleccionar experiencias. Tenemos que viajar a todas partes, no perdernos ninguna oportunidad erótica, perseguir sin descanso las novedades, tener una agenda inagotable y acumular emociones y sensaciones a cada paso. Probar todos los vinos y conocer todos los restaurantes forma parte de esta simplificación posmoderna del carpe diem.La opulencia empieza a estar mal vista y la gastronomía lo notaTodos esos valores predominan entre nosotros desde los años noventa. Pero algunos factores nuevos han empezado a minarlos. En este tiempo de malestar difuso y generalizado, en el que las clases medias se hunden y la irritación contra las élites se hace evidente en la fuerza del populismo, la opulencia empieza a estar mal vista, y la alta gastronomía lo nota. Nota también la brecha generacional: los primeros expulsados de la opulencia son los jóvenes. Nota los cambios del paisaje humano: los emigrantes no acceden a la opulencia sino a la supervivencia. Y nota el cambio climático, que informa de los daños causados por el exceso o la opulencia.Quizá por eso vuelve la cocina sencilla, vinculada a los productos de granjas y huertos cercanos. Vuelve la cocina tradicional, que con pocos ingredientes sabía crear unos platos suculentos. Vuelven las fondas, la cocina sin pretensiones, pero con la sana intención de saciar el apetito y llenar el cuerpo de bienestar sin adjetivos. Empieza a cansar el artificio gratuito, la amanerada retórica de tantos chefs, la magia abstracta que convierte la cocina en un laboratorio. Vuelve el deseo de una autenticidad perdida.
Bienestar sin adjetivos, por Antoni Puigverd
El símbolo más representativo de la sociedad de la opulencia es la alta gastronomía. Coloca a los chefs en un pedestal y los convierte en líderes culturales. La gastronomía triunfa impulsada por la ética del placer. Desde hace décadas, la primera obsesión de los occidentales es...








