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Durante años, buena parte de la gastronomía nos hizo creer que la sofisticación debía sentirse complicada. Platos difíciles de entender, técnicas convertidas en espectáculo, precios que parecía buscar confirmar el nivel de quien cocinaba. Por fortuna, algunos de los cocineros y pasteleros que vienen de las cocinas más exigentes del mundo ya entendieron exactamente lo contrario: cuanto más conocimiento se tiene, menos necesidad existe de exhibirlo.
Eso pensé después de conversar con María (@maria_beale) y Gregoire (@gregoire_beale), la pareja detrás de Bealé Pâtisserie (@bealepatisserie), en Quinta Camacho. Ambos llegan de una formación que podría convertirse en carta de presentación permanente. María trabajó en Lyon (Francia), con un campeón mundial de pastelería, y luego con Jean-François Piège en París. Gregoire, por su parte, pasó por cocinas con estrella Michelin y por el Sofitel de la capital francesa. Es decir, estuvieron en escenarios donde la precisión, la disciplina, la técnica y la exigencia alcanzan niveles difíciles de imaginar, y quizás por eso resulta más interesante escucharlos hablar de sencillez.








