La cocina puede ser un espacio de rebeldía en un mundo de algoritmos que limitan los hallazgos fortuitos. ¿Y si en lugar de comer lo que ya sabemos que nos gusta hiciéramos lo contrario?

Existe una brecha evidente entre el comportamiento racional que se presume que el sentido común airea y lo que la gente realmente hace. Vivimos convencidos de nuestra racionalidad, pero nuestras decisiones cotidianas desmientecn esa fe en la lógica. En el libro Las trampas del deseo, el catedrático de Psicología y Economía Conductual Dan Ariely lo demuestra: los humanos somos predeciblemente irracionales, porque repetimos nuestros errores de forma sistemática, lo que vuelve nuestros fallos completamente previsibles.

tps://elpais.com/eps/2024-11-08/tras-cenas-de-cinco-horas-que-alcanzan-los-40-platos-ha-muerto-por-fin-el-menu-degustacion.html" data-link-track-dtm="">De ahí que, en un menú con tres opciones de precio, el más caro actúe como señuelo para que los clientes se decanten por el de en medio, del mismo modo que los algoritmos utilizan sesgos semejantes para influir en nuestras decisiones. Esa ilusión de autonomía es la misma que gobierna buena parte de nuestra vida digital. Las redes sociales, las plataformas de streaming o las tiendas en línea no hacen más que explotar esa previsibilidad. No buscan lo que es objetivamente mejor, sino aquello que maximiza el tiempo de permanencia en una aplicación o la probabilidad de compra.