El jueves 30 de julio estaba yo tal que hoy, escribiendo mi artículo para el día siguiente. Era un día tranquilo, la gente tenía ya la cabeza puesta en las vacaciones, calma chicha en la actualidad política. Dejé escrito mi artículo temprano, uno sobre las quejas laborales de los bomberos forestales en plena ola de incendios, y me fui a echar el día a la playa con mis hijas y unos amigos. A primera hora de la tarde, estando yo en la sombrilla, me llamó Marco, el jefe de Opinión, para pedirme que escribiese de lo que estaba ya pasando en Ceuta, la entrada de cientos de personas por la frontera. Así que me fui al chiringuito, leí las últimas noticias y escribí sobre lo que a esa hora parecía una crisis migratoria no muy diferente a la de 2021. En mi artículo hablaba de “2.000 o 3.000 personas” pero esa misma noche, regresando a Sevilla en el coche, en la radio hablaban ya de 30.000, así que paré en una gasolinera y avisé a la redacción para corregir mi artículo: solo pedí que añadiesen un cero a mis cifras, “20.000 o 30.000 personas”, pues la idea de fondo se mantenía (crisis migratoria). Así de espabilado estaba yo aquel día. Como analista de política migratoria y relaciones España-Marruecos no tengo precio, no me digan.
Lo de Ceuta no se podía saber
Casi un mes después, el flanco más débil de la posición del Gobierno sigue siendo la ceguera de aquella semana, que les cogiese desprevenidos. Que no reaccionasen a tiempo, que no hicieran nada para reforzar la frontera, que no se coordinasen con Marruecos, y que no tuviesen preparada una respuesta no solo policial sino también humanitaria, que ha tardado semanas en llegar













