0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialMi nieto Lluc ha cumplido diez años. Empezó a asomar en estas columnas de agosto cuando tenía tres. Era una pulga con ojazos: charlatán, curioso, capaz de pasarse horas observando caracoles y hormigas. Los mayores tenemos el corazón encallecido: hemos acumulado decepciones, hemos visto alzarse y caer a muchos ídolos, hemos comprendido que la mayor parte de las causas están perdidas. En cambio, para los pequeños todo es novedad y asombro. Getty Images/iStockphotoCuando el abuelo está con el nieto, abandona la gris morada de los desengaños y busca sin descanso cualquier posible divertimento o fantasía que pueda distraer al pequeño. Gracias a los nietos, el abuelo sintoniza con el alma dormida del niño que fue. El amor del abuelo no es paciente, como suele decirse. No es abnegado ni generoso. Es agradecido. Es anhelante como lo es una boca sedienta. El corazón seco de la vejez encuentra en los nietos un manantial de agua fresca. El amor de abuelo se parece mucho al enamoramiento.El amor del abuelo no es paciente, esforzado o generoso: es agradecidoLluc sigue siendo muy curioso, ávido de saber y apasionado por la naturaleza. También por el fútbol, como su hermano Pau, de siete años. El verano de ambos se traduce en horas y horas jugando en la pista de Molló, un espacio que democratiza orígenes y edades en unos partidos que duran hasta la hora de cenar. Pero se ha vuelto más reflexivo. A veces observa las cosas calladamente, con unos ojos profundos en los que ya no puedo entrar; y eso me sobrecoge. Camina a mi lado sin preguntar tanto como solía. Contempla los caballos que corren por los prados de Espinavell, se detiene a cada paso para atrapar lagartijas y está atento a mis pasos, no siempre seguros: “¡Cuidado, abuelo, no resbales!”. Luego, con su hermano, buscarán renacuajos en el río, leerán, reirán o se pelearán sin necesidad de mi compañía.A los diez años, Lluc es un niño que avanza decidido hacia la edad adulta, con todos los peligros que el abuelo prevé, pero que no quiere adelantar. Empiezan a aparecer ante él puertas nuevas, ora extrañas, ora divertidas, a menudo peligrosas, siempre sorprendentes, potencialmente engañosas. Esas puertas, el abuelo (que de joven las abrió todas) querría que para el niño estuvieran siempre cerradas. Lo desearía para prorrogar la mágica relación con él; pero no se engaña: sabe que el tiempo corre a grandes saltos hacia el desencanto de la infancia.