A veces logro exaltarme. Me ocurre en el encuentro semanal con dos criaturas a las que tuve en mis brazos desde su nacimiento. Ahora ya son mayores
“Aunque ya nada espere personalmente exaltante” iniciaba el arranque de un poema Gabriel Celaya, juglar que no me apasiona, pero al que el inmenso Paco Ibáñez incluyó en su legendario rescate de los poetas españoles. Hace mucho tiempo que yo sobrevivo con esa desoladora convicción, pero a veces logro exaltarme. Me ocurre en el encuentro semanal con dos criaturas a las que tuve en mis brazos de...
sde su nacimiento. Ya son mayores. Tienen 19 y 17 años. Pero tengo con ellos un compromiso semanal desde hace mucho tiempo. Me piden que les ponga una película. Y a veces es una responsabilidad angustiosa para mí. Pero acierto siempre. Y en sus risas, en su miedo, en su atracción, logro sentirme como un mecenas cultural.
Mis niños (que solo lo son de sus maravillosos padres), ya crecidos, despiertos, inteligentes, sensibles y vulnerables, gozan desde hace un montón de años de las películas que yo les pongo. Experiencia arriesgada. Ellos, criados como toda su generación en el prescindible universo de Marvel y en la eterna compañía de los móviles y las redes sociales, se sienten muy contentos con las películas que yo les pongo. Y mi cuidado exige mucho tacto y responsabilidad, pero nunca me he equivocado. Incluso accedieron al muy peligroso blanco y negro. Se partieron de risa visionando Con faldas y a lo loco. Ahora incluso me siento capaz de ofrecerles a Buster Keaton, el individuo más imaginativo y gracioso de toda la historia del cine. Y también les puse Instinto básico. Me cuentan lógicamente que han repetido su visión. Lo comprendo. Qué gozada ver una película tan perversa acompañada del mitológico cruce de piernas de Sharon Stone. Sospecho que siguen viéndola.






