Todavía soy capaz de que me asalten convulsiones al constatar en esa viñeta aullidos contra la mediocridad

He sido un derrochador sin complejo de culpa en todas las aficiones, caprichos, perversiones, vicios que me ofrecía la existencia. Un desastre gozoso. Pero buscándome la vida sin dependencias familiares o halagos a los jefes. Me siento orgulloso de que nunca le fallé a amistades cuyas circunstancias eran pura desgracia, económica o anímica. Ahora, en mi vejez, ante una relativa penuria, he aprendido a cortarme ante diversos gastos, aunque sean nimios. Por ejemplo, me olvido de comprar periódicos. La boca y frecuentemente la ira se me abren excesivamente ante lo eternamente previsible, adoctrinado, mediocre, sin prosa ni poesía, incapaz de contar historias inventadas o reales, funcionarial, burocrática, siguiendo perrunamente las consignas de los que paguen la nómina.

Pero en medio de tanta organizada mediocridad, siguen existiendo personajes con poder magnético hacia lo que lleva su firma. Son un cotidiano consuelo. Cuando solo me fijo en mis paseos mañaneros en la mirada acuosa o sufriente o resignada de ancianos andando dificultosamente en soledad, o los más pudientes acompañados por una asistente latinoamericana, y también de una jauría madura o joven, pero eternamente invasiva y maleducada, follando sin descanso con sus putos teléfonos, atropellando a todo lo que venga en frente de su droga, me consuelo porque después voy a observar una viñeta que me otorga no solo desahogo, también un poco de felicidad, aunque siempre sea amarga.