Hace justo un año, dábamos la quinta vuelta en busca de un sitio en el que aparcar que no quedara más cerca de casa que de la playa en la que teníamos intención de tumbarnos un rato. En el coche, ya hace años que no me dejan poner música porque mis gustos ―en vez de suavizarse con los años― se han radicalizado, por lo que íbamos con un podcast. Hablaban dos personas que analizaban con un toque de humor y otro de información bastante bien googleada las realidades actuales. Estaban hablando del turismo masivo. Mientras me bajaba por tercera vez para ver si ese Mini de alquiler entraría en ese hueco entre un contenedor y un vado, pensé que igual debía hacer caso a esas personas, volver al interior del vehículo, quitar el podcast, poner un disco de Public Enemy y decirle a mi acompañante: “Cariño, vámonos a casa, no masifiquemos, no participemos de este aquelarre que nos sume en una espiral de inflación, gentrificación, contaminación y exhibicionismo”. Pero lo que pasó es que cuando me metí de nuevo en el coche para informar de que ahí tampoco cabíamos, las personas justo anunciaban que ese iba a ser el último programa de la temporada. Se iban de vacaciones. A Tailandia. Inmediatamente, como es menester en la facción con más alta autoestima y menos conciencia de la realidad de la izquierda española, se arrancaron con una serie de bromas sobre lo hipócritas que eran (jaja), sobre lo sobrevalorada que está la coherencia (¡jaja!), sobre, bueno, “es que somos lo peor” (¡¡¡jaja!!!).
Crear contenido con la hipocresía
En este mundo actual es imposible ser un virtuoso sin parecer un loco o actuar como un nazi






