En este domingo eterno que es el mes de agosto, entrar en Twitter (ahora X) conduce a la melancolía. Se alternan el terror de las imágenes de los incendios que solo piden un respetuoso silencio —todo el cariño a Nacho Carretero, a Lucía Méndez, y a tantos a quienes el fuego ha arrasado los paisajes de su infancia—
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m="">con el cacareo del “y tú más” de los políticos; con una “doctora en Periodismo” que ejerce de acosadora; con el nuevo deporte de contacto que es el odio al veraneante madrileño, al que han devuelto al cliché ozoriano.
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Y de repente, aparece un tuit de Fiorella Faltoyano y es como escuchar por primera vez Aquellas pequeñas cosas de Serrat, sentir que alguien pone las palabras ciertas a esa emoción que te agarrota el pecho, inhalar ese broncodilatador llamado poema: “Estoy tan hartaaaa, que no pensaba decirlo pero no puedo más”. Lo de Fiorella es verso libre y liberador, un portazo, un quitarse la mascarilla. A la mierda, que dijo otro poeta. Me voy a TikTok.






