Me recuerdo en 2015 frente a la desgarradora fotografía del cuerpo del niño Aylan, tendido boca abajo en una playa en Turquía. Entonces, devoraba todo lo que caía en mis manos sobre crisis migratorias y humanitarias. Cada lectura me llevaba a indagar en las raíces de las guerras y conflictos que las provocan. Era una mezcla de compasión y ansia por entender. Algunos días, sin querer, vuelvo a esa imagen y me pregunto en qué momento comenzó este proceso de anestesia frente al horror. Quizá supervivencia. Años después, aún me sorprende cómo la rutina y los horarios interminables facilitan esa distancia con la realidad. Me descubro más preocupada por trivialidades personales que por el drama colectivo de quienes tuvieron la mala suerte de nacer en el desastre. Este verano decidí detenerme y retomar esa búsqueda de sentido. Volví a leer compulsivamente, intentando comprender lo incomprensible. No existe argumento ni contexto que justifique un genocidio. Y en medio de ese intento por entender, regresó una mezcla de tristeza, rabia y una claridad incómoda que nunca se fue del todo. Una sacudida. Una conexión con lo importante, con lo que debería dolernos siempre.
Natalia Repila Manzanas. Salamanca






