Las lectoras y los lectores escriben sobre las víctimas de la guerra en Oriente Próximo, las consecuencias económicas del conflicto, la crisis de la vivienda y los 90 años de Manuel Vicent

Hay algo profundamente roto en una sociedad que empieza a aceptar como una noticia más la muerte de criaturas tratadas como daño colateral en guerras y conflictos armados que castigan a la población civil y desgarran de forma especialmente cruel la vida de niños, niñas y adolescentes. La infancia encarna lo más frágil, valioso y digno de protección de la vida humana. No decide las guerras, no entiende de odio, codicia ni poder. Y, sin embargo, recibe su golpe más cruel. Quizá la derrota moral de nuestro tiempo no sea solo la violencia, sino la costumbre de que la pérdida de la infancia deje de interpelarnos y de que su muerte se diluya en cifras y termine confundida con el ruido de fondo del mundo. Erich Fromm decía que la libertad solo tiene sentido cuando se pone del lado de la vida. Todo lo que se aparta de ahí como la fascinación por la fuerza, la indiferencia ante el sufrimiento o el desprecio por la fragilidad es deshumanización. Como sociedad, como humanidad, no deberíamos permitirnos aceptar como normal lo intolerable. Cuidar y proteger a la infancia no es una cuestión ideológica, sino el deber moral más básico de cualquier civilización.