Nadie debería ser hipócrita con el poder; todos deberíamos serlo con nuestros semejantes

Llevaba días pensando en escribir algo sobre la violencia cuando tropecé con una viñeta de El Roto que, con su irónica concisión habitual, sintetizaba en una frase mis inquietudes. En ella se ve a dos chicas, una de las cuales muestra a la otra una foto: “Mi chico es bueno, educado, cariñoso, protector y generoso”. Su amiga le responde: “¡Menudo bicho! ¡Algo trama!”. Si hablamos de violencia de género, sin duda es necesario recordar que un hombre puede ser buen hijo, buen pa...

dre, buen amigo, buen compañero de trabajo y, sin embargo, maltratar a su mujer; nadie ha hecho mejor ese retrato que Alauda Ruiz de Azúa en su serie Querer. Es bueno recordar, sí, como han hecho tantos expertos en estos días, que no hay un “perfil” de maltratador que permita de antemano a una mujer estar alerta y descartar cortejantes peligrosos; y que el más afectuoso y atractivo de los hombres, y el más liberal, puede ocultar en el pecho un Otelo devorado por celos patológicos.

En un mundo donde se acepte que las relaciones sexuales y las relaciones en general contienen necesariamente un margen de oscuridad (del que dependen también nuestra excitación y nuestra ilusión), la conclusión más natural de estas advertencias debería ser: nunca podemos saber del todo lo que nos espera. Amar y ser amado es siempre un riesgo del que participan seres frágiles y neuróticos que pueden hacerse daño recíprocamente. En el marco del patriarcado, es verdad, una pauta incuestionable (salvo para los negacionistas) determina que la mayor parte de las veces sean las mujeres las damnificadas y las que, tan ciegas como los hombres, tengan, sin embargo, menos recursos para defenderse. Por eso es sensato aprender a identificar signos de malos tratos en la belleza dolorosa de nuestro novio, que es el más apasionado y el más majo de los hombres.